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BUCEADORES DE IMÁGENES EN LA POESÍA COLOMBIANA

BUCEADORES DE IMÁGENES EN LA POESÍA COLOMBIANA

por Milcíades Arévalo
Fotografia de Milciades Arévalo

A los viajeros del alba.




José Asuncion Silva

Mi interés por la poesía, especialmente por la poesía colombiana, es muy remoto. La primera vez que tuve en mis manos un libro de poemas, las palabras despedían un casto olor alcanforado que me crispó los pelos. Entre los poemas que nos dejó Julio Flores (l867-l923), hay un reguero de brumas, lágrimas, cadáveres y bambucos que en noches de luna y calles solitarias algún guitarrero se atrevía a cantar a su amada con suma melancolía. En alguna de esas calles, José Asunción Silva (l865-l896) hijo predilecto del modernismo, asomó la cabeza por la ventana de su habitación, solemne y cargado de melancolía dijo:

“¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía

allí ni un solo rayo... Temblabas y eras mí”.

Bella época en la que una rosa era una rosa, y el poema un vaso santo. Lástima que el perfume de la rosa no alcanzó a perfumar su vida, porque cuando menos se esperaba se pegó un tiro en el corazón “porque le dio la gana”. La bala le atravesó el corazón, y según sus biógrafos y mentores, también le atravesó el corazón a Elvira: ¡Oh, las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas...”


Milciades Arévalo y Luis Vidales

Años más tarde me encontré con la poesía que nos hacía falta para derrotar la bruma melancólica de los años anteriores. Si bien la obra poética de Porfirio Barba-Jacob (l883-l942), quien podría considerarse un caso aislado en nuestra lírica, “va a influir de manera decisiva en la evolución de nuestra lírica” (l), y pero son los poetas de la alegría los que trazan los derroteros de nuestra poesía actual: Ciro Mendía (l892-l979), Luís Carlos López (l883-l950), y Luís Vidales (l904-l990), risueño como un niño, “con un tacto nuevo, tan nuevo que sorprendió a las cosas y a los hombres, lo que le permitió ser el único poeta de vanguardia, realmente, en nuestra historia. Superaba “Gotas Amargas” de José Asunción Silva, donde había menos poesía y muchas amarguras; superaba los antipoemas de Luís Carlos López, porque Vidales resultaba más afirmativo; le daba una respuesta diferente a la poesía romántica, que sería la de León de Greiff (l895-l976) –nuestro último gran romántico -, al capitalismo que nos invadía, e inauguraba el humorismo sano, fértil, inteligente, de buena gana, como la faceta más difícil de la poesía, sosteniéndolo como el instrumento temperamental más eficaz frente a una sociedad que era entregada en aras de su desarrollo al apetito extranjero. También daba comienzo, entre nosotros, a la llamada posteriormente poesía conversacional, y sobre todo a la literatura urbana en su mejor dimensión, cosa que jamás se recuerda. Su ruptura provenía de la calle, del paraguas, del barrio, del teléfono, del cine, de la cámara fotográfica, de los diarios, del reloj, del aeroplano, de todo cuanto iba a ser el Siglo XX” (2). Desde la aparición de Suenan Timbres hasta hoy, ningún otro poeta colombiano ha superado esa alegría y humor, perenne y permanente de Vidales, quien haciendo sonar el nítido timbre de su voz, decía en l926:

“Pero el dulce muchacho de mi niñez

hace mucho tiempo se ha marchado

yo no sé para dónde”.

Al sur, mucho más al sur, en un paraje edénico del universo, a la vuelta del solar natal, muy cerca del amor fraterno y de la tierra generosa, renovado en pasión por el hombre y las cosas elementales, apareció Aurelio Arturo (l909-l974). Desde muy lejos traía entre sus manos la serenidad de los años, el aroma de la tierra fresca. Y traía también Morada al Sur.“Marginal, discreto, la fluida y parca vena de agua de su poesía corre inextinguible: permanece” (3). Así escribía, y también cantaba Aurelio Arturo:

En las noches mestizas que subían de la hierba

jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,

estremecían la tierra con su casco de bronce”

Pero la poesía es un río sin orillas, nadie la detiene. “Se rejuvenece y se abre cuando abandona los cauces ya trazados y explora lo que otros poetas del mismo momento histórico están haciendo en el propio o en otros idiomas” (4). Tal es el caso de los poetas agrupados en torno a “Piedra y Cielo”: Arturo Camacho Ramírez, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, y entre los de “Cántico”: Fernando Arbeláez, Fernando Charry Lara, Eduardo Mendoza Varela...

Álvaro Mutis, el gran Álvaro, desde los hospitales de ultramar, suelta las amarras del velero y sale de viaje con Maqroll y descubre “una nueva poesía y una nueva crítica”, al decir de Andrés Holguín. Pasajero del mundo, habitante de hoteles derruidos y barcos oxidados por la soledad, habitante de sórdidas pensiones, aún le quedaba tiempo de elevar una plegaria, casi un aullido de delirios como este reclamo, desgarrador y brutal:

“Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, señor!


Fue como un presagio para lo que vendría después. Las calles de las ciudades comenzaron a llenarse de hambrientos desplazados de su terruño, los cinturones de miseria hicieron su agosto y el dolor y la tristeza parecían no tener fin: el pueblo se desbordó en rabia y apareció la violencia con su reluciente guadaña. La violencia engendró una de las peores crisis, en lo social y en lo estético, y los poetas que verdaderamente tenían mucho qué decirnos, marcados por el dolor, se fueron muriendo de patria... Jorge Gaitán Durán (l924-l962), por ejemplo, quien decía:

“Suelo buscarme

en la ciudad que pasa como un barco de locos por la noche”.

Jorge Gaitan Duran

Y después se nos murió Eduardo Cote Lamus (l928-l964), y también Gonzalo Arango (l93l-l976), que no era “poeta” sino “profeta” de una aventura al servicio de lo maravilloso, El Nadaismo. Entre sus integrantes más representativos estaban, entre otros Amílcar U, Darío Lemos, Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Armando Romero, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez y otros.

Gonzalo Arango


Gonzalo Arango tuvo la osadía de rebelarse contra los moldes imperantes en la sociedad y contra la estética de su tiempo. Con él salieron a las calles poetas de brujean y barba casposa, sin pelos en la lengua y comenzaron a despotricar contra los gramáticos de la Academia y contra los intelectuales. “Esto, unido al lenguaje procaz, las brillantes paradojas y el rechazo a cualquier actividad burguesa productiva despertaron la curiosidad primero e inmediatamente después la difusión de sus ideas no sólo en el ámbito nacional sino también internacional” (5). Las fronteras fueron abiertas para darle paso al existencialismo criollo y al surrealismo, tanto que ebriedad ya no rimaba con castidad sino con Sartre y el marqués de Sade – esteta del sufrimiento -, fue tan cotidiano como cualquier peatón. Era el tiempo del Jazz, de Brigitte Bardot, de iniciación a nuevos goces; la marihuana y la música tendieron los primeros puentes hacia el territorio del asombro, Pero ese territorio ya no era rural ni bucólico sino urbano, con olor a metal, a gasolina, a ropas tendidas en las terrazas, a los beatniks. Mario Rivero (l935), ocupó el mejor lugar entre los poetas urbanos:

Entonces

era verano sobre el tiempo y las frutas

Los muchachos jugábamos

al fútbol

al bueno y al malo

en las tardes

con olor a azafrán

frente a la fábrica

donde yo iba a ser hombre”.


Jaime Jaramillo Escobar (l932), tan lúcido como Heráclito, estudioso de los Proverbios, de Blake, de Whitman, de los poetas de las Mil y una noches, “surgido en medio del apocalipsis nadaísta, se ha convertido así, paradoja última, en el autor de una obra que sin renegar del nadaismo lo prosigue en un nivel más alto y a la vez más profundo: el de la auténtica poesía” (6). Ahí están por ejemplo Los Poemas de la Ofensa. En uno de sus poemas, Telegrama de Cuero, nos resuelve toda una noche de bodas:

“Era el bazar del amor y los mozos disfrazados de gitanos

agitaban panderetas y pañuelos rojos

Jaime Jaramillo Escobar en memoria de una gota de sangre”.

Jotamario Arbeláez (l940), a su modo y de manera genial, rompe los lazos del sortilegio de la edad media de las vanguardias anteriores y su poesía “evoluciona y se hace vibrante, un tanto absurda y saltarina” al decir de Armando Romero o como lo advirtió Aldo Pelligrini en su Antología de la Poesía Viva Latinoamericana: se sumerge en el surrealismo para arañar su propio cielo poético, aunque también aprende mucho de Altazor y de sus saltos al vacío, o del aluvión orgiástico de H enry Miller, ya que su obra vuelve mucho sobre sí mismo revisándose para inventarse públicamente” (7):

“Dios creó el mundo

Creo también todas las cosas

Pero el poeta les nombre

Le dijo Dios a Dios

Al mundo mundo

Le dijo cosa a cada cosa”

Pero esta corriente poética no daba tregua, ni los movimientos poéticos tampoco y surge La Generación Sin Nombre, que entre sus integrantes estaba entre otros: Harold Alvarado Tenorio, Darío Jaramillo Agudelo, Juan Gustavo Cobo Borda y unos cuantos más. Juan Gustavo Cobo, tratando de ser amable con el poetariado colombiano, les pregunta desde el fondo de un salón de té:

“Como escribir ahora poesía

por qué no callarnos definitivamente

y dedicarnos a cosas mucho más útiles”.

Sin embargo es Darío Jaramillo Agudelo (l947) quien mejor nos ilustra acerca de la “generación sin nombre”, y del tono generacional de la nueva poesía colombiana:

“Tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce”

Cuando se habla de la Generación sin nombre, se suele mencionar muy a la ligera el nombre de Miguel Méndez Camacho (1942). Grave error. Supo Miguel Méndez muy pronto que lo suyo era lo urbano, cantar la exaltación del momento, volver lo efímero perdurable. Si Rogelio Echavarría con El Transeúnte y los Nadaistas ya habían abierto una nueva puerta de la poesía colombiana hacia una región desconocida para ella, lo coloquial, atreverse a cantar a una ciudad sin maquillaje, inventar una poética de lo sórdido y del milagro, fue con Mario Rivero quien con Poemas Urbanos le dio carta de ciudadanía a este nuevo registro, aspecto que sería de gran utilidad para el joven Méndez Camacho quien a su vez consideró que cualquier asunto, inclusive el más amargo y cruel, por antipoético que sea, puede alcanzar la estatua de la alta poesía”. (8)

La caricia es culpable

que te vuelvas gacela y amazona

pantera en celo

potra rebelde

paloma quejumbrosa,

Juan Manuel Roca (l946), que ya estaba grandecito para enfrentarse al poema, nos salió al paso con La mujer que lava el agua, y comenzó a deslumbrarnos con el preciosismo de su magia surrealista de ambiente latinoamericano, entremezclando lecturas de ebriedad con Rimbaud, imágenes oníricas con formulas secretas de Tralk. A partir de allí la poética colombiana se despierta en otra cama y Juan Manuel Roca publica Fabulario Real, donde dice cosas que ha visto en sueños:

“El colibrí era también otro temblor del aire”.

“El arte de Juan Manuel está definido por la imagen, como responsable de la permanente transmutación de la realidad. Su poesía es un fabuloso ejercicio de la imaginación, no sólo como creador, sino también por la capacidad de su verso para someter al lector a las reglas fantásticas de su universo poético, que sin embargo nos remite siempre a lo bello o lamentable de nuestra condición de ciudadanos de la violenta realidad del sueño. El resultado de leer a Roca es el de quedarnos atrapados en la riqueza de posibilidades significativas de sus poemas, en la actualización de sus muchos sentidos. Es tan fuerte su mundo mágico, poderosamente imaginativo y onírico, tan visual y sensitivo, que uno podría olvidarse de que el poema está hecho de palabras cuando entra a ser habitante de un país surreal. Que sigue siendo el nuestro” (9)

José Manuel Arango

Después de Roca comienzan a aparecer poetas en todos los rincones de la patria, la mayoría apenas con buenas intenciones, pero otros, muy pocos, con muchos aciertos. Ya no se trataba de cambiar de oficio sino de reafirmarse en el oficio. Su verdad no era otra que la poesía y echaban llamaradas por la boca, incendiándonos. El porvenir comenzaba ahora mismo. Era como si los oficiantes del verbo se hubieran reunido en un concilio para delirar por la belleza. José Manuel Arango, “desde su primer libro, desde su primer poema, parecía estrenar un mundo e inaugurar un tono que serían, en adelante, inconfundibles. Lo melodioso de la versificación, asordinada, como si fuese un efecto natural de las palabras, los acentos casi disueltos en el fluir del verso, las aliteraciones sabiamente dispuestas y atenuadas para evitar toda estridencia. Desde el primer poema, unas constantes: temas, metros, acentos, imágenes. Cambia, sí, crece, asimilando, incorporando nuevas sustancias. Conserva el timbre, la calidez de una voz que conocemos y reconocemos, aun en los momentos en que ciertas urgencias de lo inmediato lo obligan a hablar de sangre, de torturas, de la muerte en la calle... La poesía de Arango no se torna protesta, si por tal se entiende una opinión expresada en verso acerca de la situación del país. Fiel a su poética, sus poemas son imágenes o relatos: aterradores, sin embellecimientos que disimulen la crueldad, sin sublimaciones. Su poesía surge, entonces, de lo preciso de la visión, de lo tenso del lenguaje. Y la protesta queda en los labios del lector, no en el texto del poema” (10)

el viento trae una ráfaga

de rotas banderas

y los que se amaron

hasta el canto del gallo

rendidos y desnudos

de la mano

van por un mismo sueño.

Raúl Gómez Jattin

En medio de ese huracán de poetas que pretendían dejar su ella en la década del 80, me llegaron las voces de un fauno que vivía a la orilla del Sinú, componiendo versos delirantes, comiendo mango biche y que se la pasaba tirándole piedrecitas al fondo del cielo. El acento visceral de su poesía era violento, tan corajudo y violento como él solo. Sus versos nos adentraban en su delirio rompiéndonos la brújula del destino. Iluminado como Rimbaud, loco como Artaud, sagrado como Blake. Hablo de Raúl Gómez Jattin (l946 -1997). No estaba afiliado a ninguna escuela ni creía en él mismo. Únicamente en la vida, si es que su vida pudo llamarse eso: una tragedia. Es cosa de volverse loco. “La poesía me ha deparado locura, pobreza y soledad. Pero también me ha traído a mi vida ocio, amistad y gran alegría” me explicó una tarde. Yo no sé por qué a veces la vida y la muerte nos parecen la misma cosa. ¡Yo no sé!

Airoso en su galope

levantó la mano armada

hasta su sien

y disparó:

suave derrumbe

del caballo al suelo

Doblado sobre un muslo

cayó

y sin un gemido

se fue a galopar

a las praderas del cielo

Jaime Jaramillo Escobar, con la misma sutileza de un jardinero de Dios, celebró los versos de Raúl con estas encendidas palabras que son pura dinamita: “Eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando bosques y tirándoles las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres el putas!” (l1).

“Los poetas que vienen después del auge del nadaismo y que comienzan a publicar sus primeros libros a fines de la década del 70, hablan de la generación sin nombre, la antipoesía, la poesía política, la poesía de la imagen y la poesía narrativa. La utilidad descriptiva de su clasificación alude más a influjos que al carácter específico de cada escritor. Mediante su lectura podríamos detectar el influjo de poetas tales como Cavafy, Borges, Octavio Paz, Lezama Lima, Ernesto Cardenal, Alejandra Pizarnik, los surrealistas, los beatnik, la más reciente poesía latinoamericana, la vertiente latinoamericana del surrealismo, y un desdén inexplicable por la tradición poética española. Flotamos, entonces, en la luz, perdidos en el asombro de la dicha, incrédulos de que la felicidad sea por fin esa palabra que podemos palpar como quien acaricia un cuerpo, tan resistente como vulnerable, tan fragmentario como único” (12).

A lo largo de este viaje por la poesía colombiana, he conocido a muchos poetas cuyas propuestas me asombran, entre otros Giovanni Quessep, William Ospina, Helí Ramírez, Víctor Manuel Gaviria, Raúl Henao, Guillermo Martínez González, Rómulo Bustos, Fernando Linero, Horacio Benavides, Winston Morales Chavarro, Felipe García Quintero, Ramón Cote Baraibar, Juan Felipe Robledo, Jorge Bustamante García, Rafael Del Castillo, Hernán Vargas Carreño, Flobert Zapata y muchos más. La poesía es como un pez en un espejo, una búsqueda incesante que todos los días empieza. Los que leen poesía con sentido crítico, a lo sumo pierden el tiempo porque la poesía se debe leer como un canto. Y el que no canta es que no es poeta o el pájaro está muerto. A los malos poetas los veréis siempre en todas partes, hasta dando declaraciones por televisión.

Cuando a Gabriel García Márquez le dieron el premio Nobel, lo mejor que pudo decir esa noche en que casi toda Colombia estaba en Suecia, fue su discurso en honor a la poesía. Porque todo lo que el hombre tiene de bestia y de humano está en la poesía. Porque todo lo creado y lo imaginado y aún lo soñado está en la poesía. El poeta es un dios como Prometeo y también tan elemental como Francisco el hombre, capaz de soñar un mundo a su medida, no para competir con Dios sino para dar testimonio de la vida, del cielo y del infierno, acrecentando la fantasía, haciendo más grato el universo humano. Porque sin poesía no hay mar y sin el aire el pájaro no vuela. Cuando el arte está domesticado no comunica ni crea nuevos mundos. La poesía toda debe servirnos para completar la historia del hombre sobre la tierra. El oficio del poeta es hacer verdadera poesía. Si bien es cierto que nuestro es un país de poetas, la verdad es que no hay verdaderos poetas, pero los hay. Búsquenlos en la provincia, en las páginas de las revistas marginales de literatura y en esos libritos que aparecen por ahí sin ganas de hacerle mal a nadie

Otro punto muy importante que hay que destacar en la poesía colombiana, es la existencia de una producción poética femenina, “particularmente valiosa no solo como actitud sino que ya se concreta en realizaciones apreciables”, como señala Juan Gustavo Cobo Borda. Ahí están las voces inconfundibles de Emilia Ayarza, Laura Victoria, Matilde Espinosa, María Mercedes Carranza, Piedad Bonnet Vélez, Orietta Lozano, Ana Milena Puerta, Anabel Torres, Luz Helena Cordero Villamizar, Beatriz Vanegas Athías, Clemencia Tariffa, etc. Resulta innecesario nombrarlas a todas aquí, pero cada una va por el mundo con su poema a cuestas, con su verdad y sus sueños entretejidos con telarañas y aburrimientos domésticos que nos ponen en contacto con una poesía muy particular, con nombre propio, más intensa y más viril, si se quiere, que la de tantos poemas supuestamente eróticos escritos por hombres. Veamos:

“La pirueta lírica de María Mercedes Carranza (l945) causa tanto asombro como desconcierto. Una amplia cultura se adivina detrás de estos versos sin bellezas formales pero con mucho talento unido a un evidente sentido poético. Realista, amarga a veces, con angustia real –contenida- ante la muerte, irónica –por contraste- ante las cosas cotidianas, ha sabido buscar una vena poética muy original, personalísima, Es muy auténtica en todo ello, incluso en su actitud ante el amor, que es en realidad nueva dentro de la poesía más reciente. También son auténticas su rebeldía, su insubordinación. Y, muy de cerca del nihilismo, se salva por su confianza en la amistad y en el amor” (13).

Como si nada las personas van y vienen

María Mercedes Carranza Por las habitaciones en ruinas,

Hacen el amor, bailan, escriben cartas”.

María Mercedes Carranza



Orietta Lozano (l956), quien pacientemente ha venido ocupando un lugar seguro en la poesía colombiana, y más exactamente, en la poesía erótica, toca la cotidianidad de nuestras vidas con una sutil aprehensión erótica, como si temiera hacernos daño, pero está probado que el amor no hace daño, tampoco el erotismo. Orietta es transparente, así nos desbarate la razón. Lo ha demostrado en tres de sus poemarios: Fuego Secreto, Memoria de los Espejos y El Vampiro Esperado, como también en su novela Luminar. No sé si para entregarnos su cuerpo, para gritar en la soledad de un cuarto vacío o para desbaratarnos el alma, dijo en uno de sus poemas:

“La noche vuelve secreta

a tentar mi cuerpo

me penetra lenta y suave

me abro

como una flor nocturna”.

Octavio Gamboa, al referirse a la poesía de Orietta dice: “Ella busca su sitio en la luz, sin preocuparse por lo que pueda ocurrir más allá de la frontera de lo tenebroso. Por eso su poesía es elevada y sencilla al mismo tiempo, ilógica y clara, llena de seres transparentes y de oscuros gemidos nocturnos. Es una poesía que participa de todos los dones del cielo y de la tierra y, yo no diría que está más cerca de la felicidad que de la angustia” (l4).

La poesía está en todas partes, lo dicen los que viven a la orilla del mar y los que viven en las altas montañas de los Andes. Las voces de la poesía colombiana son tan múltiples como sus imágenes. No pretendo verificar el rumbo ni nombrar a sus creadores ni alabar sus aciertos o desaciertos, sino tender un puente entre la poesía y los poetas, para que la belleza y la vida sigan su curso.

Notas y Comentarios de:

(1) Holguín, Andrés. Antología Crítica de la Poesía Colombiana (Tomo I). Tercer Mundo Editores. Bogotá, l979.

(2) Peña Gutiérrez, Isaías. La Obreriada de Luís Vidales. (Prólogo) Lecturas Dominicales de El Tiempo. Bogotá, Agosto l2 de l978.

(3) Cobo Borda, Juan Gustavo. Poesía Colombiana. Aurelio Arturo: La Palabra Original. Universidad de Antioquia. Medellín, l987.

(4) Cobo Borda, Juan Gustavo. Morada al Sur (Prólogo). Monte Ávila Editores. Caracas, l975.

(5) Cobo Borda, Juan Gustavo. Poesía Colombiana. El Nadaismo. Universidad de Antioquia. Medellín, l987.

(6) Cobo Borda, Juan Gustavo. Poesía Colombiana. El Nadaismo. Universidad de Antioquia. Medellín, l987.

(7) Holguín, Andrés. Antología Crítica de la Poesía Colombiana (Tomo II). Tercer Mundo Editores. Bogotá, l979.

(8) Cote Baraibar, Ramón.(Prologo) Instrucciones para la nostalgia de Miguel Méndez Camacho. Colección de poesía. Universidad Nacional, Bogotá, 2009.

(9) Iriarte, Miguel, Juan Manuel Roca, Poeta de la Imagen. Suplemento Intermedio del Diario del Caribe, Barranquilla, Octubre 2 de l983.

(10) Jaramillo Escobar, Jaime. Carta a Raúl Gómez Jattin. Cereté. Sept l7 de l983.

(11) Jiménez P, David. Poemas Escogidos de José Manuel Arango (Prólogo). Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, Medellín, l988.

(12) Holguín, Andrés. Antología de la Poesía Colombiana (Tomo II). Tercer Mundo Editores. Bogotá, l979.

(13) Gamboa, Octavio. La Poesía de Orietta Lozano, Periódico El Pueblo. Cali, Septiembre 27 de l983.

(14) Cobo Borda, Juan Gustavo. Poesía Colombiana (Prólogo). Universidad de Antioquia. Medellín, l987.

En un bosque de líquidas palabras, sueñan peces de pieles violáceas

En un bosque de líquidas palabras, sueñan peces de pieles violáceas

Es el mundo de Milcíades Arévalo



Dossier o carpeta

Textos de Milcíades Arévalo

Entrevista de Libia Acero-Borbón

Francés Manuela Mariño Beltrán e Yves Moñino

Preludium de Luz Helena Cordero Villamizar

Introducción de Efer Arocha

Introducción

Milcíades Arévalo es un pedazo de obsidiana con muchos filos del planeta de las utopías escriturales, donde la exigencia impone soñar con ojos de caballo por lo abiertos, para lograr el germinar de manera constante e incesante el manar de ese ingrediente, con el cual se forja el material que en paciencia labra el vocablo que tiñe la sábana nívea. Herrero de duro metal que a golpe de porra ha descuajado roca para abrir el camino por donde sólo pueden transitar aquéllos que saben caminar a pie limpio con grueso callo, resultado de las asperidades y tropezones del sinuoso ascenso, que desde luego son escasos por lo pétreo y la agobiante sudoración, donde el empleo de toda la energía corporal e intelectual es necesaria para alcanzar la cima que la jornada requiere, y así poder escanciar el zumo de la palabra exprimida agridulce, el cual ha sido palpabilidad, goce o vituperio en el fundir de años en un territorio de interrogaciones apeñuscadas o dispersas denominado Colombia.

En su capital, Bogotá, ciudad de acentuadas disimilitudes escriturales, hizo cepa este creador de mundos. De una parte tenemos al escritor literario en los géneros de cuentista, novelista, ensayista y poeta; y de la otra está el editor, librero, periodista y divulgador de cultura. Dos sustancias que modelan por sí mismas un personaje. Sin embargo, el personaje que es Milcíades Arévalo, presenta una singularidad única y diferenciadora que es lo que lo caracteriza en el seno de la literatura colombiana. Esto lo encontramos en esa rara dimensión que es su lealtad y generosidad con el signo convertido en grafía, en el sentido de su continuación, promoción y divulgación. Militante de la otredad, concepción del desprendimiento y del encuentro. Quien esté interesado en hallarlo en su primer mundo, lo ubica como escritor a partir de 1964, fecha en la cual publicó su primer texto literario en el diario El Espectador, en su separata dedicada a la cultura, con un título que convierte en síntesis el tiempo turbulento de ese país, Bajo la luna todos los muertos son iguales. En cuanto a su segunda sustancia, en lo tempo-espacial, se sitúa el 23 de septiembre de 1972 cuando publicó el número cero de la revista literaria Puesto de Combate, de la cual es su fundador y director.

Al detenernos en la carátula y pensar en el nombre, los conocedores del país, sin ningún esfuerzo encuentran que el nombre de la publicación es un reflejo del inconsciente social convulso, debido a que el título en la primera lectura de superficie, evoca el terreno militar. Nombre congruente con una publicación dirigida por el general Matallana o Camacho Leiva cuando estaban en servicio activo; o por qué no, por el secretariado de las FARC o por el comandante Gavino del ELN. Pero no es así, en Colombia todo tiene muchas lecturas. La escogencia por parte de Milcíades fue un acierto, porque se convirtió en un acto premonitorio en razón de que ha enfrentado un combate prolongado de hazaña para mantener la publicación a lo largo de 37 años, apenas con sus uñas, fuerza y pulso. Se necesita mucho coraje para llegar hasta tan lejano puerto a punta de tan solo remos. En su juventud era ya marino y se lo cuenta a Libia en su entrevista.



Un paso que resulta obligatorio para entender la fenomenología de la publicación literaria en Colombia, es interrelacionar así sea en forma brevísima, Puesto de Combate con otras publicaciones similares. La decana de las revistas literarias es Aleph, hasta donde pudimos investigar cumple 43 años. Fundada por el poeta Carlos Henríquez Ruiz, en una ciudad que tiene una geografía de lomo de caballo, conocida como Manizales. Publicación impávida por contenidos y sin zozobras por los acoses de la impresión. Prepara la edición número 150. Echó raíces en los predios puramente poéticos. El mal pensante, por su fisonomía se ubica de inmediato en un sello distintivo. Refleja la holgura material del texto literario. Andrés Hoyos su propietario, es un abultado bolsillo en lo económico que tiene como director al poeta y crítico Mario Jursich. Sus detractores sostienen que es una revista comercial que da cabida al texto en función instrumental. A ella accede lo granado de la elite social. Dicho en lengua brusca y directa, es una revista de la alta burguesía. Número, presenta algunas características similares a la anterior; empezando porque tiene gerente que en la actualidad es Ana María Mejía, dinámica y eficaz en materia de publicidad. El director es el periodista Guillermo González Uribe. Sus críticos afirman que sus puertas están abiertas para los escritores en ascenso social. Prometeo vino a la vida en Medellín, urbe de curiosidades; una de ellas es que parte de su transporte urbano se hace por aire. Fernando Rendón su director, aquí en París decía que allí se deshace de los malos augurios y olvida a sus encarnizados enemigos. Prometeo fue la gestora del festival de poesía, que lleva el nombre de la ciudad, acontecimiento de respetabilidad mundial en su género. Sus lecturas son un espectáculo multitudinario. En él participan decenas de poetas enarbolando distintas nacionalidades. Es un orgullo no tan sólo de la ciudad, sino también del país. Tiene una masa de detractores en el campo literario que hacen uso de todas las armas donde no se excluye la calumnia. En el campo del arte todo es comprensible y admisible; lo que sí resulta inaceptable, es la persecución jurídica o política que se le hace a su director. Es una revista que produce remezones que van más allá de la metáfora. Común Presencia Común Presencia agrupa a escritores, poetas e intelectuales de la clase media, dirigida por el escritor Gonzalo Márquez Cristo también editor. Hace verdaderos malabarismos para que no se le hunda la barca que siempre está haciendo aguas.

Arquitrave
, dirigida por el crítico literario Harold Alvarado Tenorio, quien haciendo uso de una gnoseología literaria debatida en el siglo pasado, que en lo esencial es la interrelación ética entre el creador y su producto arte, herramienta válida en el plano teórico, la ha convertido en la espada de Solimán para cortar cabezas del que esté al frente. El arte que es conocimiento, y en esta condición es el aljibe cristalino que refleja el medio donde se desenvuelve; la pluma de Alvarado es la cristalización de la exacerbación social violenta de la sociedad colombiana, puesto que sus juicios en la mayoría de los casos son diatribas de la maledicencia impotable y corrosiva, produciendo un efecto de pánico entre escritores y poetas. Sin embargo, no todos sus escritos son impotables y en algunos casos su osadía es necesaria. Colombia tiene algunos íconos literarios, entre los que se cuenta el escritor y poeta monarquista Alvarado Mutis sobre quien hasta hace algunos días, nadie hubiera osado escribir un mu; Harold le sacó los trapos al sol, como lo dice el título de una obra de Julio Olaciregui, en una descarga de antología. El patriarca, en tanto que persona, quedó hecho trizas tal como una fina porcelana cuando se cae de un estante de almacén.

La literatura colombiana es el producto de grupos, de corrientes, movimientos, donde lo contradictorio se encresta, produciendo feroces combates los cuales afortunadamente se hacen con espadas de cartón, así sean éstas como las de Harol Alvarado Tenorio. En el panorama, Puesto de Combate es representativo de lo anónimo, empezando porque le da espacio a los escritores de provincias que nadie considera en las grandes ciudades. Ella es lo marginal para el código del establecimiento. Comparte espacio con Ulrika, La Puerta y Punto Seguido. Las publicaciones oficiales las representan las revistas universitarias, muchas de las cuales son excelentes, que desafortunadamente el grueso lector desconoce, debido a que no salen jamás de los claustros.

Milcíades Arévalo ha sido un verdadero heurístico en aquello de ganarse el pan, ése de trigo, para lograr mantener la vida en pie, comenzando porque uno de sus oficios preferidos es el de acumulador y vendedor de libros viejos y nuevos. Sostiene que en su casa del barrio Egipto tiene aposentos que guardan celosos incunables, siendo una de las fuentes que le engulle la mayor parte del tiempo nocturno pasando de una página a la otra, a la luz de un candil eléctrico, en posición de lectura a la manera de Plinio El Viejo. De la cantera de lector voraz ha extraído saberes que son los que le han permitido por años, deambuleos por todos los rincones del país, dictando conferencias tal como lo hicieran los sofistas griegos, donde es abordado por la juventud indagándolo sobre variedad de interrogaciones literarias. También es asesor de talleres de literatura en el uso de estilo y otras técnicas requeridas para lograr dominar el manejo del idioma, igualmente jurado en concursos de poesía y narrativa. Periodista en el diario La Prensa; donde escribía una columna semanal. Fue director de publicidad en “Arte Sancho”. Fotógrafo de flash y de luz natural. Tramoyista de escenario, gerente de banco, corrector de pruebas, diagramador de libros, revistas, folletos y de otras necesidades de la imprenta. Editor de libros y revistas, propietario de la librería El Cid, que existió en alguna ocasión en Santa Marta. Ciudad que bordea el mar Caribe, en cuyos alrededores hay un pueblo de pescadores denominado “Taganga”, codiciado por artistas e intelectuales colombianos y latinoamericanos que viven en Francia, los que ya han empezado a emigrar hacia ese idílico paraje, entre quienes se encuentra el pintor Álvaro Valbuena, amigo de Vericuetos y del suscrito.

Como hemos anotado, Milcíades Arévalo, se lanzó a anaqueles con una obra de teatro que publicó el diario El Espectador, cuando el Suplemento lo dirigía Guillermo Cano, en la capital colombiana, en fecha y título mencionado al inicio de esta presentación. Acción, cimiento de su primer mundo; el otro, el de editor, difusor … lo pergeñamos en los párrafos anteriores. A partir de ese entonces pasarían por las páginas de dicha separata, escritos literarios de Milcíades, sobre narrativa en el género del cuento. No obstante, de haber hecho conocer del público muchos de sus cuentos, mediante lecturas y en distintas formas del impreso, me manifestó por teléfono que es un cuentista inédito en razón de que tiene arrumes en un rincón donde escribe, dejándolos reposar para que cuajen sarro y fundan el aroma agrio del tiempo. Son páginas vírgenes que ninguna otra mano distinta a la de su creador han hecho crujir la hoja en su sueño profundo. A pesar de esto han salido a refundirse en el torrente de la letra impresa algunos libros. Aquí ustedes pueden apreciar dos carátulas Manzanitas verdes al desayuno e Inventario de Invierno.



De Manzanitas verdes al desayuno encontrarán más abajo el cuento “El cachorro salvaje” en español, y también la traducción al francés.

Luz Helena Cordero Villamizar en el Preludium del libro Manzanitas verdes al desayuno, de Milcíades, analizando contenidos textuales plantea:

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes

y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna

el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde

para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al

autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad

interpretativa.

Lo que Luz Helena llama “libertad interpretativa”, es un hecho objetivo en una obra de ficción, ensayo, poética u otras; es lo que en gnoseología de la crítica literaria se analiza recurriendo a la categoría de lo polisémico. Ésta es una herramienta que mide los contenidos de calidad. A mayor polisemia, una obra tiene más opción de ascender a los significantes categoriales que desentrañan y establecen el verdadero valor de ella. Con la anterior afirmación no se expresa que la polisemia sea un valor determinante en el juicio estético, sino que es apenas uno entre muchos otros. Lo importante aquí es el hecho de que la obra de Milcíades, origina teorización sobre su creación dentro del mismo texto de ficción, y de ello se deriva una consecuencia. Va más allá de su propio producto-arte, entendido en su especificidad, en el ahí creativo. La especulación lo dispara sumergiéndolo en lo general del género, y por esta fenomenología en razón de que presenta un rasgo diferente, queda ubicado en un terreno distinto al de la pura creación. No es solamente la presentación orientadora del lector, sino el inicio de una valoración más profunda.


Al leer el conjunto de la obra de este autor, el lector descubre un contenido que puede calificarse de original. Hay una exhalación en el tratamiento temático que se mezcla con el material que construye la frase o el párrafo, donde se encuentran dos matices que forman la palabra literaria. El uno proviene de la oralidad vigente en el hablar de los colombianos, y el otro se deriva de la palabra escrita, ella cuidadosamente seleccionada busca la robustez y resistencia requeridas para ascender a lo ficcional. Para hablar de su obra se necesita de un trabajo profundo; de nuestra parte por motivos de espacio consideramos suficiente.

En conversación con el autor descubrí que es un lector voraz. Sus preferencias en lectura han pasado por todos los clásicos con cierta inclinación por Arthur Rimbaud y Simone de Beauvoir. Me llamó la atención que conociera perfectamente la obra de Henri Barbusse, empezando por Le Feu (El fuego), prix Goncourt 1916. y PleureusesPlañideras), texto poético publicado en 1895. Hablando sobre las futuras promisiones colombianas, me manifestó que presentaban cantera de talento: Juan Felipe Robledo, Felipe García Quintero, Ana Milena Puerta …

Milcíades Arévalo comenzó a ser parte de la materia animada un día 28 de julio de




Milcíades Arévalo comenzó a ser parte de la materia animada un día 28 de julio de 1943 en Zipaquirá, depart amento de Cundinamarca en Colombia. Hombre de amores extraviados en unión libre ha continuado su proyección hacia el futuro con tres vástagos; una mujer y dos varones. Su trabajo en la Marina Mercante lo convirtió en viajero por el mundo, dándole acceso a diversas culturas que fueron raíces nutricias de su bagaje intelectual. En lo que respecta a su instrucción tradicional no tiene ninguna; precisamente es uno de sus orgullos. Me comentaba que en su casa paterna nunca se conoció un libro. La razón de esta ausencia era la carencia de utilidad. Como sostienen los dialécticos, el uno está en el otro; el no tener genera el tener. En la actualidad el escritor se deleita en una exuberante biblioteca, como pueden verla más abajo en la foto de la entrevista que le hizo Libia Acero-Borbón, en Barrio de La Candelaria en Bogotá, donde tiene sus predios escriturales. Los estantes también contienen sus propios textos que han sido traducidos al inglés, portugués, italiano y francés. Olver de León me regaló una Antología en francés de cuento latinoamericano, en una noche cuando trabajábamos a Horacio Quiroga sobre su legendario cuento Anaconda. Por aquel entonces vivía en la calle cours de Vincennes muy cerca de la Place de la Nation aquí en París. Leyéndola encontré un texto de Milcíades.

París, 14 de septiembre de 2009

MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO

Preludium

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo.

Milcíades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.




Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.

Más allá del insólito Milcíades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a Manzanitas verdes al desayuno y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

Luz Helena Cordero Villamizar (poeta y narradora).

Bogotá, D. C., 20 de abril de 2009.


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