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BIENVENIDOS AQUÍ PUEDES ENCONTRAR LA REVISTA PUESTO DE COMBATE DE SOCIEDAD DE LA IMAGINACIÓN




Reunión de poesía
Juan Gustavo Cobo Borda

Con el nombre de Acuarimántima, en diciembre de 1973, aparecía en Medellín  una pequeña revista de poesía cuya redacción integraban Elkin Restrepo, José Manuel Arango y Jesús Gaviria.
    Duró 33 números, hasta febrero de 1982, y ahora cuan Luis Mejía, rector de la Eafit, ha tenido la buena idea de reeditarla completa, en sólido volumen de 574 páginas,  que en el 2012 nos permite volver a vivir aquellos tiempos, cuando poco a poco la carátula se  enriqueció con obras de arte, por lo general grabados de Javier Restrepo, Oscar Jaramillo. Dora Ramírez, Félix Ángel, Martha Helena Vélez y Santiago Londoño, en una reafirmación de su sello hecho en Medellín. Pero también  un buen número de traducciones, varias de ellas del inglés, debidas a José Manuel Arango, muestran la apertura hacia otras voces de la revista.
     Un número especial dedicado en su totalidad a Fernando González y a los apuntes de sus libretas, corrobora lo dicho. Lo mismo que poemas de León de Greiff.
     Pero ahora que Tusquet Editores de Barcelona (España), ha publicado mi Poesía Reunida (1972-2012) he pensado en los insospechados caminos que sigue la poesía para afirmarse y subsistir.
    Al aparecer en tres ocasiones poemas míos en Acuarimántima, dialogaba con maestros y amigos determinantes en consolidar  una vocación. En decirme que valía la pena intentar ese imposible: escribir un poema que subsista. Que devore el tiempo, lo incorpore a sus líneas y lo asuma como celebración o rechazo.
    “Exiliados en una ciudad que es la nuestra/ Solo la luz, a las cuatro de la tarde, no parece ajena”.
     Ya se establecía ese contrapunto entre la errancia del poeta por las calles de Bogotá y la lectura  de esos prismas que nos permitan mirar el mundo y dialogar con lo rotundo de su carácter evasivo, fantasmal. Ya se insinuaban intercesores: Enrique Molina en la Argentina; José Lezama Lima en Cuba.
     Sus cartas están ahora en la biblioteca de la Universidad de Princeton, al abrir un horizonte de derrotas inevitables y complicidades asumidas. De cómo la palabra no alcanza a decir el mundo, pero lo intenta una y otra vez.
     Salvo que “quien está  en la obligación de escribir/ es aquel que ha conocido/ la acumulación de papeles en su escritorio. /aquel que es incapaz de profundizar/ en su propio cansancio”.
En 1978, cuatro años después de publicar mi primer libro Consejos para sobrevivir (1974), ya experimentaba la fatiga de decir lo que ya se había dicho antes, muchas veces. Y en tantas ocasiones de modo insuperable.
     Pero esa tensión entre deseo y realidad deja su huella indeleble en todo cuanto intentamos. Trátese  de la historia misma del país, con sus recurrentes ciclos de posibilidad y fracaso, de sueño que se torna pesadilla, como de la historia personal, donde solo el olvido exorciza y cura rostros aureolados de fuego, que nos macaron con su huella en carne viva. Trescientas quince páginas registran viajes y encuentros, lecturas y pasiones. Hablan de Mozart y Tiziano, de José Asunción Silva y Simón Bolívar. Pero en realidad aluden a la misma poesía. Ese arte en apariencia anacrónico que se renueva y disfraza para decir lo mismo.
      Por ello debemos añadir a esta “reunión” de poesía lo que desde Bucaramanga la Universidad Industrial de Santander contribuye con su Silencio en el jardín de la Poesía (2012), donde Luis Álvaro Mejía reúne  a 60 poetas que han leído sus poemas  en el Patio Español del Hotel Bucarica, lugar que hoy cuida y preserva la UIS, como patrimonio arquitectónico. Y los 20 homenajes que el Festival Internacional de Poesía de Bogotá ha rendido a 20 creadores nacionales entre 1992 y 2012, que se inició con María Mercedes Carranza y que prosigue sin desfallecer, animado por Rafael del Castillo y que el Instituto Caro y Cuervo reúne en pulquérrima edición Homenajes del 2012. Parece necesario reconocer que ese arte extraño no desfallece y que, por todo rincón propicio, se cuela la poesía. Así, para terminar el año, vale la pena saludar los 40 años en que, con tenacidad imbatible, Milcíades Arévalo ha publicado su revista Puesto de Combate. Hay otras guerras, mucho más perdurables, que debemos secundar leyéndolas y compartiéndolas. La milenaria guerra de la poesía, donde el hombre se mira y adquiere su mejor definición: la del diálogo.


(Tomado de Ámbito Jurídico Legis No. 360 de Diciembre 10 de 2012).




¡OYE, TÚ!, ¿CÓMO TE LLAMAS TÚ?
Milcíades Arévalo

Me arrimé al muelle a esperar la chalupa. Deseaba llegar pronto a la orilla del mar, que estaba a cientos de kilómetros de distancia y todavía más lejos.
    A esa hora del día el río parecía de vidrio bajo la resolana ardiente... Por un momento pensé que de no embarcarme pronto el calor me iba a derretir, pero al ver a una muchacha caminando para donde yo estaba bajo una sombrilla de colores, vestida con unos pollerines escandalosamente rojos, me olvidé de las ingratitudes del lugar y le di gracias a la vida de no ser otro ciego entre los ciegos. Más que una muchacha parecía una flor en el mes del más alto verano.
     La muchacha se detuvo a mi lado y comenzó a morder un mango, mirando de soslayo hacia el desembarcadero, dos tablas puestas ahí, a un lado de la ribera. La fragancia de la fruta dulcificaba las arremetidas del calor.
    –¡Oye tú!, ¿cómo te llamas tú? –me preguntó de repente.
    Aunque insistió no creí conveniente decirle mi nombre. En esa parte del país las muchachas querían saberlo todo desde niñas; después cualquier cosa podía ocurrir.
    –Tienes cara de no tener nombre –dijo con desdén.
    Eso me dolió, que se diera cuenta de mi desamparo. Herido en lo más profundo de mi orgullo le respondí:
    --¿Y tú, cómo te llamas? De pronto te pareces a algo...
    –Ana Magdalena.
    Seguramente no se llamaba así. Para unos viajeros ocasionales como nosotros cualquier nombre era bueno.
     Tan pronto abordamos la chalupa, un mocetón de ébano se paró en la proa con el bichero en ristre, dispuesto a enfrentarse con los bufeos, las serpientes y los caimanes que se nos atravesaran durante la navegación. El zumbido del motor fuera de borda nos impedía hablar como no fuera a gritos. Tal vez por eso me dediqué a contemplar el paisaje. Los ojos se me iban detrás de las bandadas de garzas, los loros chillones, las casitas de palma de la ribera.
     El timonel, un viejo lobo de río experto en esquivar los bancos de arena, los troncos podridos y cadáveres de cosas se puso a cantar La Piragua. Un pescado saltó del agua y me golpeó la cara. Como para que la oyeran en los linderos del paraíso, Ana Magdalena soltó una carcajada, escandalosa y feliz, y eso fue suficiente para que los todos pasajeros comenzaran a echar chistes y a decirse para dónde iban. Ana Magdalena iba para Ciénaga; tan pronto desembarcara tomaría el tren.
    –Yo también voy para esos lados –le dije. No creí conveniente decirle que vendía libros. En esos lugares del país era una aventura y casi un riesgo. En un pueblo me habían apedreado por culpa de unos versos de amor y en otro, un señor muy rico sólo compraba libros por metros, no para que los vecinos lo creyeran inteligente sino para tapar los huecos.
     Después de varias horas de navegación en las que no vi sino a un caimán bostezando de hambre, cinco tortugas filosofales en los esteros, una iguana prehistórica, pequeñas lanchas de cabotaje y pescadores y mujeres fumando tabacos con la candela dentro de la boca en las puertas de sus ranchos, desembarcamos en una estación de aluminio puesta ahí en señal de progreso. Sin embargo allí no había donde sentarnos, ni siquiera un ventorrillo donde me vendieran un pan. Llevaba varios días de viaje, durmiendo en hoteles baratos, espantando el hambre con mendrugos de cazabe, pero nadie tenía la culpa de mis desgracias.
     Tan pronto llegó el tren nos embarcamos para Ciénaga. Era tanta mi ansiedad de llegar a la orilla del mar que no creí que me fuera a alcanzar la vida para lograrlo. A todo momento me parecía ver el mismo paisaje por la ventanilla: caseríos sin importancia, un horizonte escaso en árboles, pastos secos, tierras áridas, animales sedientos y estaciones de aluminio en las que escasamente se veían unos cuantos guajiros, vendedores de comestibles y baratijas de contrabando.
    –¿En qué piensas? –le pregunté al verla tan ensimismada.
    Al día siguiente se iba a casar, me dijo. Sacó de su carterita la foto de un boxeador y se quedó mirándola. Su novio le había prometido una casa con muchos lujos, con canario incluido. No era necesario que me contara esas cosas. Sus asuntos sentimentales me importaban menos que cualquier cosa, ¿quién era yo para cambiar el destino de una muchacha? Uno más entre los mortales. Tenía los ojos azules para que aquellos que me vieran una sola vez dijeran “Por aquí también pasó”, para que en todos los puertos y ciudades recordaran mi rostro de agua y mis ojos de agua y mis pasos de agua sobre el lomo del agua que un día se llevó mi alma y la depositó en la gruta iluminada de sal donde habita el ánima de los ausentes. Durante mi viaje no había encontrado la felicidad pero sí innumerables libros, porque hasta las algas eran y las escamas de los peces también, el dorado de las mojarras, el blanco moco de las anémonas –siempre lo eran para mí–, un libro abierto.
     Después de la media noche llegamos a Ciénaga, un pueblo del litoral salitroso y bullanguero, y también un cruce de caminos. En todas las calles, casas y solares y aún bajo las matas de güineo se veían encapuchados, mujeres escandalosas, tahúres de todos los pelambres, marineros curtidos por el salitre, estibadores del puerto, dráculas tropicales, borrachos y hasta una negra de visos refulgentes de caderas esplendorosas que vendía besos a 50 pesos.
    –¿Cuánto dura el carnaval? –le pregunté.
    –Todo el tiempo que uno quiera –me respondió.
     El único hotel que encontramos para pasar la noche, parecía de mentiras. No era el mejor lugar, pero un muchacho de uñas verdes que dijo llamarse Adán, nos condujo por un largo corredor salitroso hasta una habitación tan pobre que daba pena. No tenía mosquitero ni tampoco ventilador; las sábanas olían a rancio, las lagartijas correteaban por todas partes, el techo estaba a punto de caerse; un Cristo sangrante colgaba detrás de la puerta, y lo peor de todo: el calor sofocante, el olor a orines, los mosquitos, las risas escandalosas en las habitaciones contiguas, el tintinear de las botellas. Si el lugar no era un burdel, es lo que parecía.
    Ana Magdalena me abrazó como un náufrago a una tabla de salvación y me besó. El mar no se oía por ninguna parte pero debía estar por ahí, perdido en la inmensidad de la noche. Una nube de mosquitos me chuzaba las nalgas, las lagartijas correteaban por el techo, el viento azotaba la ventana. Por entre las hendijas de las paredes, cientos de ojos nos observaban. Ana Magdalena era el mar, la luna, la ola, la espuma. Yo era la playa, el desierto, la arena... Cuando las olas se cansaron de morir en la playa, en alguna calle de Ciénaga alguien comenzó a tocar una gaita y me sentí triste.
    A la mañana siguiente mi vida comenzó a girar al revés: Ana Magdalena no estaba en la pieza. Se la pregunté al coime de uñas verdes, a la dueña del hotel, a las parejas que aún permanecían allí aletargadas por el alcohol. Nadie me dio razón. Salí a buscarla por las calles de Ciénaga. Fui a la Iglesia, a la alcaldía, la pregunté casa por casa, calle por calle, pensando que en cualquier momento volvería a encontrarla bajo su sombrilla de colores... En ese pueblo de cumbiamberos lo único que encontré fue un miserable canario enjaulado gritando que lo dejaran libre.
     Con la esperanza de verla de nuevo, me paré en una esquina por la que tenían que pasar todas las mujeres de Ciénaga. Pasaron ancianas huesudas, mujeres embarazadas, putas y hasta las niñas de la escuela con la sonrisa todavía dibujada en el rostro... Tal vez pasaron muchos años en pocas horas porque cuando me cansé de esperarla, las niñas de la escuela ya habían perdido la risa, las putas se habían vuelto santas, las mujeres embarazadas ya habían tenido muchos hijos y algunos de ellos ya habían muerto.
     Sé que la muerte vendrá a buscarme algún día de la misma manera que lo hizo Ana Magdalena, pero ojalá sepa mi nombre para que no tenga que preguntarme otra vez:
    –¡Oye, tú!, ¿cómo te llamas tú?





“EL MAGO” MILCÍADES ARÉVALO
Eduardo García Aguilar

Colombia a pesar de los dramas sangrientos, traumas y taras incesantes de su historia, es un país donde la cultura florece y es a veces un bálsamo para confrontar la violencia, la soledad y la pobreza. En todos sus rincones hay gente que se dedica de manera desinteresada y a costa de su bolsillo a propiciar las artes y a crear espacios para la expresión artística de los nuevos. Tal es el caso del escritor Milcíades Arévalo, quien desde 1973 publica contra viento y marea la revista literaria Puesto de Combate, La revista de la Imaginación, donde a lo largo de cuatro décadas ha publicado a centenares de autores de todos los puntos cardinales.
     Arévalo nació en Zipaquirá y desde muy temprano, en el cruce de la niñez a la adolescencia, se trasladó a Bogotá a finales de los años cincuenta a vivir con familiares en una pensión del céntrico barrio Santa Fe, no lejos de donde residía el poeta León de Greiff, a quien veía caminar por las calles con los bolsillos llenos de libros y periódicos. En El oficio de la adoración, relato de gran calidad literaria, que es una pequeña joya de la literatura colombiana, el escritor nos relata desde la mirada de la pubertad una Bogotá ya desaparecida, que hacía la transición vertiginosa del pueblo grande que era a la urbe moderna.
     Los barrios céntricos todavía eran residenciales y amables, viveros de la clase media colombiana que inmigraba desde todas las regiones, llenos de colegialas de falda corta y mujeres de manto que iban puntualmente a misa como en los pueblos, antes de que se convirtieran en tenebrosos sectores sucios y violentos corroídos por la decrepitud, la pobreza, la violencia, el tráfico y la prostitución y que hoy son la materia prima de la crónica roja.
Hacia el norte el narrador de El oficio de la adoración evoca los barrios más acomodados que iban desde Chapinero al Chicó, como otras zonas llenas de naturaleza, enormes casas de fantasía de estilo británico y largas calles y avenidas llenas de árboles y flores a donde a veces se aventuraba en la exploración solitaria. Todavía la ciudad se limitaba a esas zonas, antes de que creciera devorando día a día la húmeda y brumosa sabana y los cerros.
     Algo destacable en el libro es el erotismo que aflora en el joven narrador, seducido por las adolescentes que cruzaban las calles o las mujeres casadas que lo adoptaban como a un huérfano de amor y al final cedían a su precoz ímpetu. Esa mirada de ternura, esa intensa capacidad para dar vida a la gente común y corriente, al pueblo que lucha día a día para superarse y vivir en medio de la violencia y la incertidumbre es un canto de amor a Colombia a través de la prosa de Milcíades Arévalo, impecable, transparente y de una factura de cristal.
    Así como cuenta y hace maravilloso ese mundo desaparecido de la entrañable Bogotá a través de su cámara literaria, semejante a la de Lewis Carroll, su maestro y mentor en ninfulofilia, Milcíades Arévalo se ha dedicado a abrir las puertas a los jóvenes escritores en su revista y en la editorial, que poco a poco, gota a gota, da a luz libros de poesía, cuento y narrativa. También ha abierto ventanas a las literaturas del mundo a través de traducciones de autores de diversas lenguas y en lo que respecta a Colombia, rendido homenaje a los escritores colombianos alejados del poder, la ambición y la apariencia.
     Arévalo ha vivido la mayor parte de su vida adulta en una casa del barrio La Candelaria, ese otro maravilloso sector de la Bogotá Colonial que por fortuna sobrevivió a los embates del progreso. Ahí en esa casa ha fraguado uno a uno los números de su revista literaria y planificado sus incursiones anuales a la Feria del Libro, donde su puesto está abierto a las publicaciones que se hacen con amor por fuera de los grandes grupos comerciales y difunden la otra literatura colombiana viva, inesperada y creativa, lejos de la monotemática del narcotráfico, el sicariato y la violencia. Su casa es la guarida de un mago acompañado de increíbles quimeras y otros animales fabulosos. Milcíades Arévalo es a la vez nuestro Mago Merlín y nuestro flautista de Hamelin.






MILCÍADES ARÉVALO, EL HÉROE DE TODAS LAS DERROTAS

Entrevista de Jorge Consuegra

Muchos lectores y seguidores de la revista Puesto de Combate saben y conocen lo que ha sido- parcialmente- la vida de Milcíades Arévalo, un hombre que ha conocido las duras y las maduras, que recorrió el mundo siendo marinero, que vendió libros por todo lo largo y ancho de la Costa Atlántica, que vivió el esplendor del hippismo y del nadaísmo en Colombia, que la mayoría de los escritores y poetas latinoamericanos han sentido su afecto y su espaldarazo, que ha sufrido a lo largo de los años por sacar adelante su publicación porque en este país hay más presupuesto para la guerra que para la cultura, que tiene una inimaginable colección de fotografías y libros de poetas, escritores, columnistas, dramaturgos, editores, que todos los años lleva  decenas de cajas de libros y revistas para vender en la feria del libro de Bogotá, que…
    El recorrido es largo. Larguísimo y doloroso. Su vida ha sido más que un calvario. Y él lo reconoce, lo sabe y le duele, y aún más porque la vida se le ha puesto cada vez más dura. A veces se encierra en sí mismo y dura días y semanas sin pronunciar una sola palabra, asilado en el olvido, rumiando dolor y angustias.
    La Fundación Santillana para Iberoamérica, junto a la Fundación Cultura Libros y Letras le hicieron un merecido homenaje junto a Mario Rivero director de Golpe de dados y a Carlos Enrique Ruiz director de la revista Aleph. Esa noche, con lo ojos inundados de tristeza, dijo que habían transcurrido más de cuatro décadas trabajando por la cultura del país. Aunque no se crea, esta es  la primera vez  que prácticamente se “desnuda” de cuerpo y alma para mostrar quién es Milcíades Arévalo.
    --¿Cuál es la imagen más lejana que tienes de tu infancia?
    --La de un niño descalzo corriendo bajo la lluvia rumbo a la escuela.
    --¿En dónde ocurrió esa escena?
    --En  una vereda de El Cruce de los Vientos, en 1953, cuando yo estudiaba. Por esa época, llegó un policía y empapeló la escuela con la foto  del nuevo Presidente de los colombianos, el teniente coronel Gustavo Rojas Pinilla.
    --¿Cómo fueron esos primeros años en la escuela?
    --Fueron los años más difíciles de mi vida; carecía de todo. Vivía con mi papá y un hermano menor. Por consiguiente me tocaba hacer el almuerzo, los oficios de la casa  y asistir a la escuela. En mi casa  no había luz eléctrica, sólo velas. Así que el día se terminaba a las seis de la tarde. Me encantaba mirar las noches cuajadas de estrellas, y pensaba que mi madre debía ser una de ellas. Inclusive, esperaba que volviera. Hay un cuento mío que resume todo eso, “Ella no volvió”. Ahí cuento mi tragedia y mi horfandad. También tuve días placenteros, cuando llevaba la bandera patria en los desfiles importantes por culpa de mis buenas notas. Mi maestra, sabía de las necesidades de mi hogar y de mi soledad y me daba a beber de su leche y comer su comida que ella misma preparaba  en la escuela. A cambio de tanta bondad le llevaba leña, para que calentara sus noches que eran tan frías como las mías. Mi maestra  y mi abuela, fueron las que me enseñaron a escribir, y también a soñar. Mi abuela me contaba de la guerra que  estuvo mi abuelo y que regresó a la casa con un balazo en el pecho y una guitarra en bandolera. Mientras mi abuela me contaba esas cosas, yo imaginaba. Imaginar era mi dicha y mi pasión más afortunada.
    --¿Cómo era  tu profesora?
    --Sabía tantas cosas y era tan feliz que por la noche se bañaba desnuda en la alberca de la escuela, ahí donde los niños jugábamos con barquitos de papel que no iban a ninguna parte. Todo eso está en  Inventario de Invierno. No es autobiográfico pero, claro, he vivido tanto que la literatura y vida son para mí la misma  cosa. A veces pienso que soy un personaje de un cuento. Ignacio Ramírez dijo en alguna ocasión que yo me parecía más a mis cuentos que al que realmente era. Y es cierto. Yo soy una historia que alguien va a contar algún día; no serán mis amigos pues he vivido todo el tiempo tan solo que a veces creo que nunca he tenido amigos verdaderos sino cómplices, cómplices en la literatura, cómplices en el trabajo, cómplices en el amor. Es duro decir esto, pero es verdad: ni siquiera parezco un escritor.
    --¿Y lo lamentas?
    --En absoluto. He carecido de todo, pero nunca me ha faltado nada para alimentar mi imaginación. La imaginación la alimento con las realidades que me ha dado la vida.
    --Supe que te habías escapado de la casa cuando niño…
    --Sí. Me escapé de la casa por tantas privaciones y me fui a recorrer el mundo en un barco. Desde entonces he conocido muchas ciudades, muchos puertos y muchos rostros.
   --¿Qué sucedió con tu mamá?
   --Mi madre se llamaba Aurora y mi abuela Alba. Para morirse sucedió que un día amaneció preñada. “¿Un hermanito?” De seguro iba a ser mejor que yo. No daba  pie con bola, me tropezaba con el aire, me daban duro las madrugadas al pie del ordeño en medio de la niebla, se me regaba el agua cuando iba por ella a la quebrada que bajaba del monte como una serpiente de cristal, confundía el norte con el sur y en mi casa no había ni un libro ni una guitarra, pero ya éramos nueve hermanos.. Cuando mi madre iba a dar a luz,  me mandaron para donde unas tías. Nos fuimos una noche en el Ferrocarril del Nordeste, pero no alcanzamos a llegar a donde íbamos porque al llegar a la estación nos avisaron que mi madre se había muerto. Debió ser por el vidrio de una botella  que se le incrustó en el pie por andar descalza y se desangró.
    --¿Sólo por eso?
    --Sí. Pero también por las muchas hambres que había aguantado, la pobreza  en que vivíamos y también por la violencia que se veía en el campo, pues hasta nos quemaron el rancho para que nos fuéramos de allí.
    --Realmente triste todo ese comienzo de tu vida.
    --Por desgracia tengo una memoria tan tenaz que me parece que estuviera viendo todo lo que nos pasó. Esas cosas son muy tristes para ponerse uno a contarlas así nomás en una entrevista. De modo que por esa razón se murió mi madre y me dejó solo. A eso explico esta soledad que vivo en esta ciudad, en este barrio que yo llamo Desierto de la Candelaria. No es que no me gusten las reuniones, los cocteles,  no. Es que me siento muy solo. Por eso prefiero pasarme todo el día en mis cosas, sin molestar a nadie.
    --¿Cómo fueron esos primeros años con la maestra? ¿Cómo era? ¿Cómo fue tu relación con ella?
    --Mi maestra era como el  aire...  La mandaban del municipio y debía vivir en la escuela. Ella no iba a la escuela los lunes porque llovía y se desbordaba el río, pero yo salía a esperarla todos los martes a la orilla del camino y nos devolvíamos para la escuela recogiendo leña, cantando, qué se yo. Yo la miraba como a un ser de otro mundo, hasta me parecía que era transparente, tanto así, que cuando ella se bañaba desnuda en la alberca de la escuela delante de mí, me decía con mucha familiaridad: “Prenda el fogón y ponga a hervir  la leche gatito; tengo frío”. Y yo iba corriendo a la cocina y hacia lo que me pedía  para que cuando  ella saltara de la alberca a la  cama la leche estuviera  calientica.
    --¿Intercambiabas con ella algo de poesía?
    --Ella no sabía nada de poesía ni yo tampoco, pero sabía matemáticas, historia y cosas prácticas porque también sabía hacer el almuerzo; la comida le quedaba deliciosa. Tenía rizos en el pelo,  que era dorado como el trigo y usaba unas faldas vaporosas que le llegaban hasta el calcañal, y cuando lavaba sus prendas las colgaba en  la cerca de alambre de púas que rodeaba  la escuela. Me quería mucho porque me decía “gatico”. Yo aceptaba el oficio de gato, y saltaba en su cama y cuando iba al monte escribía su nombre con candela, y  cuando íbamos de paseo al río escribía su nombre en el agua. Se  casó con un señor de bigotes y sombrero alón que un día vino por ella y se la llevó de la vereda en una carreta tirada por bueyes. No tuvo hijos y murió ciega. Antes de morir volví a verla. Estaba vieja, pero el timbre de su voz era el mismo  de una campana de cristal.
    --¿Y cómo recuerdas a tu abuela?
    --Mi abuela era alta, garbosa, delgadita. Mi sonrisa apenas le llegaba a la altura de la cadera. Me miraba desde sus antiparras como diciendo: “Este chico es un demonio”. Aunque no me gustara ir a misa todos los sábados como ella quería, yo siempre la miraba como a un ser admirable, Mi casa quedaba lejos del pueblo y había que madrugar porque el cura se iba a cuidar sus vacas. Quería mucho a mi abuelo, que se llamaba Valeriano, yo no sé si por el tiro de escopeta que le dieron en la batalla de Palonegro o porque de verdad se llamaba así.
    A mi abuela le gustaba leerme todo lo que le convenía, claro. Y lo único que le convenida era el  misal, la vida de los santos, las oraciones. Tenía una oración para cada santo y también una oración para cada  suceso, aunque no le servían de  nada. Por ejemplo, cuando llovía mucho leía la “Oración contra las Tormentas”. Pero un día cayó una tormenta tan violenta que de nada valió rezar,  ni las velas encendidas, ni las tres Avemarías, porque de todas maneras llovió a cántaros; cayó un rayo en un árbol cercano y del susto, mi abuela quedó muda para toda la vida; creo que también quedó sorda  porque todo había que decírselo a gritos. Mi  madre la envolvía  en una paruma, que era algo así como un vestido largo para cubrir sus carnes magras y la  bañaba en el patio de la casa
    --¿Era buena lectora la abuela?
   --Sabía leer muy bien y  además le gustaba escribir cartas.  Recuerdo que sus cartas de ella comenzaban siempre así: “Tomo en mis manos la pluma y el papel para enviarte este saludo”...  Hoy en día nadie escribe así. El día que murió, yo hice la primera comunión. Ese día me dijo que sería muy bello vivir conmigo otros cien años para que no pasara necesidades. Lástima que no pudo hacerlo  porque todavía estaría contándome todo lo que mi abuelo hizo en la guerra y de cómo era el mundo antes que yo naciera. Yo recuerdo con mucho cariño a mi abuela por todo lo buena que fue conmigo, y también porque el día que me fugué de la casa me regaló 10 centavos para que me fuera  a conocer el mar.
    --¿Por qué fue tu abuelo a la guerra?
    --Por terco, por iluso, por buscar un burro. Sucede que los ejércitos  que iban  para Palonegro echaron por delante el burrito  que mi abuelo tenía en el corral. Sin pensarlo dos veces se fue a hacerle el reclamo al General Próspero Pinzón, pero en el campo de batalla nadie sabía  nada de muchachas preñadas ni de viudas abandonadas ni mucho menos de burros sin prosapia porque todo el mundo estaba dándose garrote como unos endemoniados.
    --¿Qué más te decía tu abuela  de la Guerra de los Mil Días?
    --Decía  tantas cosas de la Guerra de los Mil Días, que se echaba bendiciones a cada rato para no tener pesadillas. Me decía por ejemplo, que el general Próspero Pinzón  había salido de Bogotá arriando con todo lo que encontraba: bueyes, mulas, burros, hombres y mujeres, dejando a su paso mera desolación. Al llegar al campo de batalla, el general Uribe, que iba perdiendo la batalla, decidió disfrazar unos cardones de rojo en las montañas para que el general Próspero Pinzón se sintiera amilanado y echara para atrás la guerra, pero en vez de hacer eso siguió combatiendo con machetes, máuseres y escopetas de fisto, pero eran tantos los muertos, que cada vez que terminaba un combate les rociaban petróleo, les prendían candela y continuaban la guerra. Era tanta la humerada, el olor a mortecina, los muertos y los heridos que ni siquiera tenían tiempo de enterrar los muertos. Mi abuelo al ver tanta mortandad, tanta sangre, tantas mujeres preñadas y sacudidas por la muerte, cogió un burrito que encontró pastando y se vino desde Palonegro para el Cruce de los Vientos. A mi abuelo le habían dado un tiro y regresó muy mal herido; al poco tiempo se murió. Por eso cuando yo me sentaba con mi abuela en una tronca  que había en el corredor a oírle sus recuerdos, se ponía las antiparras,  después de limpiarlas con Puloil,  y comenzaba a leer sus oraciones (era la única en mi familia que sabía leer y escribir), y otras de su invención, y rogaba para que nunca hubiera más guerras, más dolor, más hambre. Sin embargo, nada de eso se ha acabado porque hoy hay más muertos en los campos, más hambre y más dolor. Después de la muerte de mi abuelo, mi abuela Alba vivió unos cuantos años más, porque quería saber qué iba a ocurrir en los próximos cien años. Me  animaba a estudiar para que no me fuera a quedar burro toda la vida y abusaran de mí en toda su dimensión. Yo si aprendí a leer y a escribir pero con mucha dificultad, con la misma dificultad de quien teniendo  mucha imaginación pero no tiene dónde publicar... 
    --¿Cómo fue tu adolescencia?
    --Mi adolescencia fue la de un muchacho que soñaba llegar a la otra orilla del mar... Estuve  el Colegio Nacional, pero el hermano Pedro siempre me andaba persiguiéndome  porque yo no llevaba el misal, ni el saco del uniforme dominical, ni el escapulario, ni recitaba oraciones como una lora en la capilla del colegio, ni era el más sapo, ni me metía con nadie, ni daba pie con bola cuando jugaba fútbol... Por todas esas cosas no volví al colegio y me puse a sembrar  en la parcela que mi padre tenía en arrendamiento: gladiolos, dalias, claveles, azucenas, girasoles, amapolas, curubos, duraznos, brevas, verduras. En mi casa  no había libros, porque mi familia era completamente analfabeta pero con la venta de las verduras, las frutas  y las flores, cuando yo venía a Bogotá compraba libros en la Librería Mundial o en san Victorino donde de paso me regalaban una estampita de la virgen o de una muchacha empelota. Después de leer   cantidad considerable de libros, hice lo posible por irme de la casa. Yo tenía 13 años, pero ya me consideraba grande para cualquier aventura.
    --¿Siempre te inquietaron los libros?
    --Siempre, tal vez porque me daban compañía, porque me parecían mágicos,  porque me permitían imaginar otros mundos y no el que estaba viviendo, áspero, sin sabores,  tan lleno de dolores. Recuerdo que para comprar Una temporada en el infierno que vendían en la Buchholz por $16,50, tuve que vender  un litro de sangre en el  hospital San José  por 50 pesos, que me sirvieron para comprar ese libro que tanto quería leer.
    Cuando me fui de la casa, conocí el mar,  la Escuela de Grumetes de Barranquilla, Cartagena y otros puertos. Después de prestar el servicio militar en la Armada, me embarqué. El capitán del barco tenía una revista llamada Cormorán y Delfín, que son animales del mar, un pájaro y un pez. En la biblioteca del barco leí cantidad de libros de poesía, narrativa, ensayos y política. Cuando desembarqué, le dije al capitán que yo también iba a hacer una revista como la que él hacía. Si me quedé en el trópico  por un tiempo vendiendo libros desde el Cabo de La Vela hasta el Golfo de Araba, no lo hice por ganarme unos pesos sino por conocer el paisaje, la gente, las costumbres. Cuando me cansé de eso me vine para Bogotá,
    -- ¿Tuviste alguna relación afectiva por  aquel entonces?
    --Yo del amor nada sé. Viví con una turca en Barranquilla que me quemó la biblioteca, pero al mismo tiempo conocí a muchos escritores y pintores durante los años 60. Álvaro Cepeda Samudio, Arturo Echeverri Mejía,  Alejandro Obregón, Ciro Mendía, Luis Vidales, Gonzalo Arango, X-504, Arango Ferrer. También tuve la grata oportunidad  de hablar con muchas más gentes dedicadas a la literatura, tantas que hasta pierdo la memoria de sus nombres. Yo sé muchos secretos de los escritores.          Creo que todos los escritores tienen muchísimos secretos, pero no voy a entrar en esos detalles.
    --Sigamos con tu caminar y volvamos  a Bogotá.
    --Cuando volví a Bogotá en 1967, trabajé de mesero en el  restaurante  Zia Teresa, que era de Jaime Osorio,  famoso por Confesión a Laura, luego viví  en el apartamento que me arrendó Eduardo Mendoza, en la Calle del Volcán, frente a la casa de Vargas Vila en el barrio de La Candelaria, entré a trabajar a un banco. Por  los años 70s, yo  publicaba mucho en El Tiempo, porque  Eduardo Mendoza conocía de mis viajes por la costa y  quería publicarme en  Lecturas Dominicales. En esos años también conocí otros escritores y poetas como Pedro Gómez Valderrama, Manuel Mejía Vallejo, Jaime Jaramillo Escobar, Gustavo Álvarez Gardeazabal, Raúl Gómez Jattin, a  Orietta Lozano otro poco de gente.  Por eso te digo que mi juventud fue maravillosa. Mi vida ha sido mil veces mejor que la de muchos escritores porque la he vivido con toda intensidad, con las desventajas que yo he tenido por falta de dinero,  de relaciones sociales, etc. Lo poco que he recibido de las elites culturales  de mi país no ha sido más que migajas. Sólo espero cumplir otros cien años para saber cómo será el mundo sin mí…
    --Volvamos un poco más atrás…  ¿Por qué no llevabas misal?
   --Yo aprovechaba  todo lo que tuviera a mi alcance, si hasta vendía litros de sangre para comprar toda clase de libros, preferencialmente  poemarios,  novelas y cuentos, pero nunca se me ocurrió comprar  un misal, pues me parecía que ni la monserga del sacerdote los domingos ni mis plegarias  alcanzaban a llegar a los oídos de Dios. Por eso yo iba siempre a misa despojado de todo  y allí, frente al altar, le pedía a Dios que mi vida no fuera incierta, que se acordara de mí, que me diera alientos para vivir, que nunca me faltara amor, que la gente me amara como yo a ellos, pero ante todo que el cura Pedro no me sacara de clase para mofarse de mí delante de mis compañeros, porque según el cura Pedro,  el misal que ellos mismos vendían era el  pasaporte para llegar a Dios. Para evitarme tanta humillación y tanto sarcasmo, no volví a pisar sus predios al Colegio Nacional y me fui a recorrer el mundo,  a conocer puertos y ciudades fabulosas. Desde entonces he creído que mi vida ha sido un viaje. 
   --Ese colegio formó a muchos escritores famosos.
   --El colegio que formó a muchos poetas y escritores  fue el Colegio Nacional, cuando era rector el poeta Carlos Martín. No hay que confundirlo con  el Colegio Nacional La Salle que pasó a manos de los Hermanos Cristianos.
    --¿Cómo fue la aventura de vender libros en la Costa?
    --Sucede que al desembarcar, le prometí al Capitán Ariel Canzani, que era un lobo de mar que dirigía la revista Cormorán y Delfín que imprimía en su barco, que yo iba a hacer en Colombia la mejor revista de literatura, abierta a todas las tendencias imperantes, y con un sugestivo nombre  como es Puesto de Combate. Mientras preparaba la primera edición me puse a vender libros en la costa y hasta tuve una librería con un hermano mío. Vender libros fue una aventura y casi un riesgo, porque había que competir con el mar, los turistas, los políticos, los vagos, los analfabetas, y los que, para colmo de males, no sabían hacer nada.
    --¿Cómo fue tu llegada a la casa de Eduardo Mendoza?
    --Como yo había sido un marinero de verdad y sabía hacer muchas cosas,  un día que yo estaba en  casa de Jaime Jaramillo Escobar, por más señas mi compadre, llegó Eduardo Mendoza buscando un electricista y Jaime le dijo que yo era el indicado. A Jaime Jaramillo lo había conocido en la casa de Meira del Mar, en Barranquilla, y a Gonzalo Arango en Santa Marta; con ambos trabajé como corrector en la revista Nadaísmo 70, y en la  Antología de Ciro Mendía y en el Libro de los Relatos de León de Greiff, que publicó el Banco de América Latina.  Eduardo y su  mujer quedaron encantados con mi trabajo y yo aproveché para desdoblarme  y decirle que yo también escribía   y Eduardo me pidió un cuento para Lecturas Dominicales de El Tiempo y me lo  publicó. Y luego me pidió más cuentos.
    --¿Y ahí nació esa entrañable amistad?
    --Si. Me arrendó un apartamento que él tenía en la Calle del Volcán, frente a la Casa de Vargas Vila. En ese entonces conocí a Elisa Mujica, Pedro Medina Avendaño, a Mario Rivero, que siempre fue muy celoso conmigo, nunca supe la razón. A Golpe de Dados sólo la conocían unos cuantos poetas de Bogotá y en cambio a  Puesto de Combate la disfrutaba  todo el mundo y escribiera la gente de la provincia. Por eso di a conocer a tanta gente, que aún hoy se mantiene vigente; Golpe de Dados  en cambio, nunca descubrió ningún poeta, todos estaban hechos, todos eran famosos. En todo caso  Eduardo Mendoza me dio amistad, me abrió las puertas de su casa y me brindó las páginas de Lecturas dominicales, aunque ya en el año 66 me las había abierto don Guillermo Cano en El Espectador. Manuel Mejía Vallejo, quien escribió sobre mí en Cromos y Gonzalo Arango en Nadaismo 70, siempre consideraron que había en mi algo más que un escritor. Yo era muy joven y soñaba una barbaridad. 
    --¿Y qué viste en esa casa llena de libros y recuerdos?
    --Cuando él se iba para Guateque o cuando lo nombraron  de Agregado Cultural en Washington, me dejada abiertas las puertas de su casa  y así pude enterarme de las primeras ediciones de La María, El Moro, libros de arte, ediciones príncipe de diferentes autores,  las pinturas de Héctor Rojas Herazo, las fotografías de Abdu Heljayek, un mundo de cosas de inapreciable valor. Su casa era para mí el templo de la sabiduría, llena de obras de arte y libros.
    --¿Y qué pasó después en tu vida?
    --Años más tarde, cuando yo trabajaba en un banco, Eduardo me nombró editor de  la revista Mosaico II del Instituto de Cultura Hispánica.. Recuerdo que me pagaba 6 mil pesos por cada colaboración, que era un mundo de  plata... Muchos años después, tristemente, estuve en su entierro. Su biblioteca la vendió su mujer  por unos miserables millones de pesos a un señor muy rico. Su mujer   no sabía nada de libros, pero era muy buena persona  conmigo. Yo la nombro en uno de mis cuentos y digo que “Leíto salía todas las tardes a su patio de aromas a darle de comer polen a las mariposas del páramo, a orinar al pie del papayuelo o a colgar sus prendas de seda en los hilos de la tarde...”.
   --Regresemos a aquellos años mozos ¿Cómo fue el drama de vender tu sangre para comprar libros?
   --Por allá en mi infancia, empezó mi drama económico. En mi casa no había ni siquiera un libro. Cuando la profe Adelfa me regaló un libro de la colección “Sembrador”, donde contaban una serie de historias de niños perdidos, perros, dramas pequeños y cotidianos mi  mente los engrandecía, quiero decir, los volvía más trágicos, más poéticos, más risibles, según el caso. Por eso, tan pronto aprendí a leer me dio por averiguar si esas historias eran ciertas o inventadas porque eran capaces de hacerme reír o llorar al mismo tiempo. Desde joven también fui muy aficionado a la poesía, plagiaba autores para enviarles poemas a mis novias y ellas los recibían como si fueran míos, pero dentro de mi le daba las gracias a Julio Flórez, a Porfirio Barba Jacob, a Paul Geraldy, a los poetas del romancero español y a otros muchos, pues gracias a sus versos yo me conseguía novias espectaculares como Cielo María Durán, muy bien calificada porque era rubia de pelo lacio, de ojos azules, muy dedicada a patinar en las calles del barrio. Yo era su poeta preferido. En ese entonces no había tantos poetas como hoy que patea uno  cualquier lata en la calle  y salta un poeta.
    --¿Hay una buena oferta de libros de poesía?
    --Hay muchos libros de poesía, pero de mala poesía. Cuando era marinero, bien hubiera  podido quedarme siendo eso, para ir donde las putas, emborracharme y buscar camorra... Pero yo siempre hacía todo lo contrario. En vez de salir a dorarme el ombligo en la playa,  bajaba a los puertos a  comprar  libros y, me encerraba en mi camarote a leer. Fueron infinitos los libros  que  leí y que sigo leyendo. Cuando alguien viene de visita a mi casa siempre les regalo  un libro, porque  lo que quiero es que lean tanto como puedan  para que cada día sean mejores.
    --¿Y eso lo  haces en la Feria del Libro?
    --Vendo libros, no muchos que digamos,  pero también aprovecho para intercambiar y  regalar libros para hacer  relaciones públicas entre los escritores de la provincia. Como nadie los conoce, procuro  que entren en el redil de la mejor manera y encuentren en la Feria del Libro una mano amable, una palabra sincera, o un libro.
     --Pero…tú también eres multifacético.
    --Yo  fui marinero cinco años. vendí libros en la costa, tuve una librería en Santa Marta, cargué racimos de guineos en los muelles de Barranquilla, trabaje 13 años en un banco, durante seis años fui corrector de textos en una agencia de publicidad, hice instalaciones eléctricas en la Feria  Exposición de Bogotá y durante varios  años he tenido stand  en la Feria del Libro, gracias a la Cámara del Libro, Los poetas que conozco se la pasan todo el día echando  cháchara y alardeando de ser poetas. Claro, no todos son así ¡Y no conozco a todos los poetas! Hace ya varios años -no como ahora- los poetas trabajaban, sufrían, amaban, hacían grandes realizaciones y proyectos. Hoy  ningún poeta tiene una fábrica de baldosines como Silva, ni una finca como Jorge Rojas, ni saben ordeñar una vaca como Fernando González. Naturalmente hablo de los poetas que trabajan  como el caso de Jaime Jaramillo Escobar.
    --¿Cómo fueron esos años rodeado de novias?
    --No fueron tantos años ni tantas novias como para presumir de Don Juan; tampoco ninguna se dio puñaladas por mí, pero me hicieron soñar una barbaridad. Compartí sus sueños, les  di  alas a su imaginación, les desperté los instintos dormidos, les enseñe a amar  y muchas de ellas terminaron siendo unas auténticas fieras. Mi primera novia se llamaba Cielo, era un “cielote” de colita de caballo, rubia y alta como una palmera. Fue con la primera que hice el amor en un baño. Vivíamos en una casa de inquilinato en el barrio Santafé, un barrio tan feliz que se echó a perder y que hoy parece un burdel.  Después conocí a Argénida, una turca de ojos negros, reidora, sensual, feliz. Fumaba unos tabacos  delgaditos que fuman  las mujeres de la costa con la candela dentro de la boca y que les dicen “calillas”). Ella fue la que me quemó mi biblioteca, de libro en libro... Yo tenía por  entonces una biblioteca muy grande, pero estaba sin trabajo  y salía a cargar guineo en el puerto. Un día, al regresar, la encontré quemando los libros y todo porque no teníamos gas ni petróleo ni leña y ella tenía que hacer el arroz del almuerzo y comenzó a atizar la candela con libros de la mejor calidad, que eran los que producían más calor. Después conocí a Lolita,  que quería ser mi esposa,  pero se casó con un señor y se fue a vivir a Puerto Rico. Con Sinia tuve una casa de cristal a la orilla del viento. Bertha, Martha y Luz Ángela, que eran compañeras de trabajo en el banco también fueron mis novias, pero  a ninguna le gustaban  los poetas. Después conocí a O y a Marcela que soñaba ser bailarina; las dos han significado tanto en mi vida que las amo entrañablemente. En  estas cosas del amor, hay cosas lindas y bellas, como también amargas y patéticas en la que yo he llevado la peor parte. Por eso escribo cuan intensos fueron esos amores, que no fueron  imaginarios, sino que tuvieron una realidad que yo vi crecer y morir.
    --¿Por qué esa “manía” de regalar libros?
    --Me gusta regalar libros porque todo el tiempo no tengo para regalar flores. Pero si vamos al fondo, ya te conté que en mi casa no había libros cuando yo nací ni mucho menos después. Mi padre era completamente analfabeto, pero era práctico en todo. Construyó la escuela donde yo hice mis primeras letras, y luego hizo el  viaducto del Ferrocarril del Nordeste, que iba de Bogotá a Belencito, entablilló bestias y hombres, trabajo en las minas de sal, fue obrero en diferentes ocasiones y hasta sepulturero. Mi madre era ama de casa, pero tenía tiempo para hacerlo todo. Fue la que me enseñó a leer en las nubes y a valerme hasta de las adversidades. Quedé huérfano a los 6 años. Debido a eso, mi padre lo único que hizo fue ponerme en la escuela pero en la escuela tampoco había libros. Y mucho más tarde,  cuando fui a vivir a Zipaquirá donde un hermano, tampoco tenía libros en su casa. Solamente  cuando vine a vivir al barrio Santa Fe con mi hermano Haroldo empecé a conocer los libros.
    --¿Te han regalado muchos  libros?
    --Sí. Muchos. En el Barrio Santa Fe, frente a la casa de León de Greiff,  un chico de pelo amarillo y dientes de conejo que era checo me regaló  América de Kafka. Ese día supe que las amistades importantes se construían con libros.  Por eso siempre me gustó comprar libros, para leer y para regalar, porque yo quería tener grandes amistades literarias,  gente que le gustara leer. Un día tú me regalaste  una significativa cantidad de libros que fueron a parar a diferentes bibliotecas del país. A muchos escritores y poetas cuando van a mi casa se llevan uno que otro  libro que yo les he regalo. Cuando yo vivía en Barranquilla, tenía como 10 mil libros, muchos de los cuales quemó Argénida, mi primera compañera sentimental.  A Raúl Gómez yo le enviaba libros cuando estaba en las clínicas de reposo; llo mismo hice con Soad, con Orietta, con Guillermo Martínez, con Robinson Quintero, en fin… He regalado  tantos libros a la gente  que si no los quemaron,  si no los vendieron, si no los regalaron, deben estar en sus bibliotecas. También he tenido sorpresas. Una vez me invitaron a dictar una charla y yo doné un libro mío con autógrafo incluidos, y después tuve que comprarlo por dos mil pesos en los puestos callejeros de la séptima. Eso debe suceder a menudo  porque yo he encontrado libros en la calle dedicados a grandes figuras y yo claro, los compro para coleccionarlos. O como me sucedió una vez, por allá en la edición No. 7 de Puesto de Combate. Salí a vender la revista frente al Teatro Jorge Eliécer Gaitán y venía un señor de barbas  y porte de inteligente y le ofrecí la revista. Orondamente me dijo: “Yo no te compro la revista  porque Milcíades me la manda gratis”. Quedé perplejo.  Yo regalo libros porque durante toda mi vida he tenido sed de lectura y también porque quiero que otros vibren y sueñen y escriban como los grandes escritores.
    --¿Cómo fue la experiencia de trabajar en un banco mientras los libros esperaban a ser leídos?
    --Trabajar en un banco no fue ningún problema, ni con los libros, ni con la vida, ni con las muchachas bonitas, ni mucho menos con las feas. Yo trabajé 13 años con un banco y ocupé todos los cargos hasta ser gerente de una sucursal. Me echaron porque ya no había más cargos para mi, ni yo era un experto financiero, ni mucho menos un relacionista público. Llegó una época en que los Gerentes debíamos ir de casa en casa, de oficina en oficina, buscando clientes, y la verdad es que yo si iba a buscar clientes pero casi siempre terminábamos hablando de libros, de mujeres o borrachos.
    --Pero hay una parte humana de tu trabajo en el banco…
    --El banco era un mundo que se agitaba constantemente. Yo no se si tu te acuerdas que antes los bancos no tenían la seguridad de ahora. A mi me atracaron en la oficina del barrio 7 de Agosto y hubo como 5 muertos esa vez y yo, como siempre, salí ileso. Cuando algún cuento mío salía en la prensa no podían creer que yo lo había escrito. Cuando se dieron cuenta que yo no era el anónimo empleado que le miraba las tetas a la secretaria del gerente sino un escritor, me dieron permiso para ir a Cuba, a Santo Domingo, a España, a Panamá y a París. Yo conocí todas esas ciudades gracias a los permisos que me dio el banco, aunque nunca me dieron viáticos. En el banco  había gente perversa y envidiosa, pero también  gente chévere y por eso estuve en Cali donde estuve donde estuve con Daniel Samper Pizano dictando charlas sobre periodismo y todo porque el banco tenía un periódico, El cuadre. Generalmente todo eso que salía publicado lo escribía la trabajadora social  y yo se lo corregía. Es más: gracias a gestiones mías contrataron a varios escritores para que les enseñaran redacción y ortografía a gerentes, secretarios y empleados. También la plástica se beneficio conmigo  porque a muchos pintores les compraron cuadros porque el banco se dio cuenta que tener una pinacoteca también era importante. Lo que el banco nunca compró fue libros. Cuando yo salía del banco por la noche, me reunía con Juan Manuel Roca, Guillermo Martínez, Robinson Quintero, Evelio Rosero  y otros escritores  en  la cafetería del Monte Blanco en la  17 con 7ª. Entre charlas y libros  bebíamos hasta la madrugada.  Cuando la gente del banco se dio cuenta que yo en vez de ir a las reuniones con los empleados, me la pasaba escribiendo, comenzaron a hacerme de lado.  
    --¿Hubo gente así?
    --Había mucha gente así. Uno de mis jefes quien le dio por hablar pestes de mi y comenzó a pasarme memorandos, hasta que se rebosó la copa y me retiré dignamente en 1987.  Perdona mi tristeza como decía César Vallejo, pero son muchas las historias  de este tenor que yo podría contarte… 
    --¿Qué pasó con Cielo, O, Bertha y las demás muchachas.
    --Todas las mujeres que han pasado por mi vida, algunas han hecho cosas célebres y otras no tanto. La primera de ellas fue Amalia, cuando yo era niño. A ella le gustaba bañarse desnuda en un río que pasaba cerca de mi casa, que era tan cristalino y puro como en ninguna otra parte del mundo. Un día fui con ella al Cruce de los Vientos a traer agua bendita para su mamá y como era un día de mucho calor, ella decidió bañarse en la pila bautismal, pero el cura Ruperto la pilló haciendo esas cosas y la sacó de la iglesia a fuete. Ella, en todo caso, con el tiempo se casó con un señor muy importante de la vereda y tuvo muchos hijos y todos fueron modelo. Modelo en el hogar, en el colegio, en la familia. A Sofía la conocí en Zipaquirá cuando yo estudiaba en el Colegio Nacional. Ella era de lo más linda, pero su papá era el matón del pueblo y lo único que hizo cuando ella cumplió 18 años, fue casarla con el chico más rico del pueblo al que le decíamos “Rosita”. Fue una historia muy hermosa porque en esa época yo era acólito y entraba a todas las casas del pueblo. Y de tanto entrar en la casa de Sofi, un día me descubrió sus secretos en el patio de su casa. Inclusive yo fui el acólito de su boda. Después me vine a Bogotá a estudiar y conocí a Teresita, a Cielo, a Amparo, a Erika. A todas ellas las describo bastante bien en El oficio de la adoración.
    --¿Siempre han sido ellas las protagonistas de tus libros?
    --En casi todos mis libros he descrito mis amores, las mujeres que amé, la que significaron algo en mi vida. Si me preguntas por Orietta, para mí es la que mejor escribe poesía erótica en Colombia, ninguna, ninguna poeta llega a las alturas que ella toca, porque es única. Marcela, otra de mis novias, fue casi un sueño para mí, porque desde que leyó El Oficio de la Adoración en 1988, se enamoró de mí y sólo tuvo ocasión de decírmelo en 1995, cuando cumplió 20 años. Ella terminó siendo una actriz famosa. 20 años me parece la edad más hermosa de la vida, inclusive ella apareció  desnuda  en varias portadas de Puesto de Combate. Y en mi libro Manzanitas verdes al desayuno, la portada la ilustra Angélica. Y curiosamente tiene 20 años y estudia periodismo en la Central.
    --¿Cómo fue la vida deEl cuadre”?
    --El Cuadre era un periódico del Bienestar Social del banco donde yo trabajaba; allí hacíamos una especie de periodismo cultural y social como  toda empresa. Teníamos corresponsales en todas las ciudades y cada sucursal enviaba sus artículos. La trabajadora social se encargaba de redactarlos  y yo de hacerles la corrección de estilo para que se vieran un poco más decentes sin perder la esencia social y deportiva. Con las demás oficinas hacíamos lo mismo. Inclusive una vez Daniel Samper Pizano nos dictó una charla en Cali. Él nos dictaba charlas sobre periodismo y yo  me encargaba de tomar las fotos; siempre he tomado fotos, tanto de las actividades sociales como de las deportivas, culturales. Además de trabajar en El cuadre, muchas veces y durante varios años participé en caminatas, atletismo y otras actividades deportivas. Todo eso sucedió en el banco porque yo quería llegar a ser presidente financiero, pero las ganas se me fueron quitando  cuando conocía a  Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo y Héctor Rojas Herazo: mi mundo era la literatura.
    --¿Qué sucedió?
    --Una noche al salir de “El Cisne” salimos de “El Cisne”, nos fuimos a llevar a una amiga a La Soledad. Y pasando por debajo del puente de la 26 con Caracas, se nos varó el carro. Dijeron que era gasolina y yo me bajé a traer un tarro, con tan mala suerte que asomó otro carro por debajo del puente y ¡tras! El tarro salió volando y yo quedé empapado en gasolina, con una pierna en las costillas, vuelto polvo, vuelto nada... Recuerdo que me llevaron a la Clínica San Pedro Claver y allí estuve dos años,  enyesado. Hay un cuento mío que se llama “Juegos de azar”,  en donde relato ese accidente. Sufrí tanto, que hasta fui perdiendo a la mamá de mis hijos. En  todo caso, el que perdió fui yo.  El Cuadre siguió funcionando, y como no había más cargos para mí, me iban a mandar a trabajar  en la revista Credencial, pero debía renunciar al empleo en el banco. Preferí  retirarme. Eso fue en 1987.
    --Pero has trabajado en muchos lugares…
    --En cantidad de cosas, como de electricista en la Feria Internacional de Bogota, vendedor de libros en la Feria del Libro, corrector, publicista, director de arte en Publicidad Sancho, donde  tenía que corregirle los textos a los creativos. Allí trabajé 6 años. También fui Asesor Cultural de la Casa de la Cultura de Montería, escribí 6 años una columna semanal en La Prensa, monté una obra con el Teatro Taller de Colombia “El jardín subterráneo”; y con el grupo nos fuimos a recorrer Europa. Presentamos mi obra en Madrid, Granada, Cádiz, Málaga, y también en las Baleares, en Palma de Mallorca y en las calles de París. Mi vida ha sido un viaje fantástico, aunque claro, también con miles de privaciones. Pienso que eso es la vida, un “cuento narrado por un idiota” como dijo Hamlet. 
    --Cómo era la vida en “El Cisne”
--Cuando yo conocí a Bogotá, todavía era una ciudad luminosa, la gente se amaba de una manera tan romántica que me parecía que vivía  en otro país y no en Bogotá. Poco a poco el cielo se fue oscureciendo y la gente de por sí, se volvió sombría y pecadora. En 1957, yo salía todas las tardes a recorrer la Séptima y podía ver toda esa belleza, ese sol esplendoroso cayendo sobre la ciudad. Las muchachas usaban las faldas largas, los señores sombrero y paraguas, incluso bufanda. No parecían de este mundo ni de Bogotá tampoco. Existían los griles, los cafés, las tabernas, los arrabales. Los arrabales estaban fuera del perímetro urbano, pero en esos paseos por la Séptima uno podía ver a toda Colombia, deambulando por  esa ciudad de humo en la que  por sus calles transitaban los troles y unos buses antidiluvianos. Había muy pocos “gamines”, no había tantas rejas como hoy en día. Los almacenes y cafés del centro se mantenían atiborrados  de gente  y en las vitrinas se exhibían cosas maravillosas, las modas de París o de Londres o de Fontibón. Las calles permanecían iluminadas, tan iluminadas que uno podía pasear por la Séptima hasta después de ver la última película, pues había matiné, vespertina y noche. Los cafés, que eran donde se reunían los poetas, entre otros Luis Vidales, De Greiff, Hernando Téllez , etc., permanecían abiertos  hasta la madrugada como “El Automático” o “El barco”, “El Club Lester”, Tenían tanta vida y movimiento  que a uno le daban ganas de quedarse allí toda la noche en sitios como esos. También existían los restaurantes italianos, entre ellos “El Cisne”, allí iba toda clase de gentecita de la farándula, teatreros,  artistas y los poetas ya consagrados y los que apenas comenzaban,  especialmente  los “Nadaistas”. Todos ellos querían estar en “El Cisne”, compartiendo una cerveza, una pasta o un tinto. Era divertido, bohemio y alegre ese mundo. Quedaba donde hoy está el edificio Colpatria. Por todo ese sector abundaban los toreros, los poetas, los vagos, los gamines, las actrices de la incipiente televisión colombiana. La “Terraza Pasteur” existía, pero no era un sitio sombrío como lo es hoy en día, un lugar espantoso por donde a toda hora pululan los marihuaneros y ladrones de toda laya.
    --¿Allí conociste a Gonzalo Arango?
    --No, yo lo conocí en Santa Marta a la orilla del mar, pero lo conocí un poco más en Bogotá. En “El Cisne” estuve   varias veces con él  y  con Javier Arango Ferrer Héctor Rojas Herazo, Jaime Osorio que hacía los primeros pinitos para hacer cine colombiano de verdad.  Por esa época,  y hablo de 1968-1970, yo era empleado de un banco. Siempre han desdeñado a los empleados de los  bancos porque no escriben, y por consiguiente no leen, ni respiran, ni sueñan, pero no es así, y valga el ejemplo: Para ese entonces yo había escrito varios cuentos y obras de teatro en un acto, que gracias a don Guillermo Cano publiqué en El Espectador. 
    Cuando comenzaron a construir las Torres del Parque, “El Cisne” comenzó a decaer y lo  hippies del momento comenzaron a trasladarse a la Calle 60. Manuel V, fundó un periódico Olvídate, pero fue en  La Calle,  donde  propiamente comenzó a reunirse el hipismo revuelto con nadaísmo. Allí tenían todo lo que uno quisiera: droga en cantidad suficiente para alcanzar las estrellas, mnastas guajiras, cachivaches y gargantillas. “La Maga” tenía un templo astral donde todas las noches aterrizaban los ovnis que rasgaban el cielo bogotano. Pero eso también se acabó porque comenzaron a construir  el Hotel Hilton  y la policía a rondar muy de cerca La Calle y fue así como ese lugar emblemático donde alguna vez se gestó la literatura colombiana, cayó en el olvido.
    --¿Nostalgia del antes, hoy?
    --Mucha. Hoy no sé dónde se reúne esa casta de escritores y poetas. A veces me los encuentro por la calle y nos saludamos con un simple “¡quihay!”, que más sabe a nostalgia que a amistad. En los años sesenta, la amistad era más linda, porque primaban la literatura, el conocimiento de autores, el intercambio de libros y revistas, nos estábamos empapando el alma con Borges, con Rimbaud, con Sartre y otros autores. Podría decir que todo eso quedó convertido en nostalgia. 
    --En esos años ¿eras absolutamente feliz?
    --Yo no sabría decirte si era feliz o no. Nunca he experimentado sensaciones de felicidad mensual ni de felicidad anual; considero que durante toda la vida he sido eternamente feliz. Nunca, por ningún motivo me dejé vencer por la pobreza, la envidia o el deseo de tener más. Me he conformado con tener lo necesario para vivir y lo necesario para mí ha sido el aire que respiro, el agua que bebo, los labios que beso, la mujer que me ama, los amigos que tengo, la imaginación que cultivo diariamente, los paisajes que veo durante mis viajes, los asombros de mis amigos, la sonrisa de un niño, la ternura que me despiertan los animales, el perfume de una flor, los colores del día, la lluvia, un muchacha corriendo desnuda por un campo de trigo. Todo el mundo detesta la lluvia, yo en cambio la amo. Escribí Inventario de invierno, porque amo la lluvia, su caída sobre mi rostro, sobre el cuerpo de una mujer. Me pasaría toda la vida viendo llover, no como Isabel en Macondo  sino como yo, ver caer las gotas del techo de mi casa y las evocaciones que eso me da. Pero también he sido feliz a la orilla de un río, un día caluroso y ardiente como  esos que yo conocí en el trópico donde yo mismo parecía una barca abandonada en el mes del más alto verano. La felicidad es también escribir sin medida. Yo escribo mucho, corrijo demasiado, por eso  publico muy poco. Mis primeros contactos con la literatura fueron las cartas, inclusive las de mi abuela. Desde Fernando González, Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo, hasta las cartas de Henry Miller, todos esos escritores que han escrito cartas me han fascinado y todo porque al fin de cuentas lo que uno busca como escritor es un lector. Cuando uno escribe una carta, es para una sola persona, para un solo lector. Así pienso cuando escribo un cuento, para un solo lector. Hay muchos libros que no dicen nada  y hay muchas cartas que dicen muchas más cosas inteligentes que un libro. Claro que todas estas cosas te las digo a toda velocidad,  porque te las respondo desde una cabina de internet, pero algún día me sentaré tranquilamente a escribir, y si no publico nada, no importa. Mi vida ha sido fascinante, maravillosa, Pienso que la vida me alcanzará para todo porque sueño  vivir eternamente. Con decirte que este año también  voy a tener un stand en la Feria del Libro. Muchos me han dicho que deje de hacer esas cosas, que ya estoy viejo, que esas cosas son para muchachos, no para mí,  pero no voy a dejar de hacer todo lo que quiero  porque entonces mi vida no tendría sentido.
    --¿Cuál ha sido tu mayor tristeza?
    --La vida de todos los hombres es un conjunto de tristezas y alegrías. Si hiciera un balance, podría decir que el fiel de la balanza se quedaría en pleno centro. He sido feliz todas las veces que he querido. Y todas las veces no quiere decir por un momento sino por siempre. Pero también he tenido tristezas, desengaños, frustraciones, todas las cosas que padecen los hombres y las mujeres que habitan esta ciudad, este país, este mundo. Cuando yo fui niño, sufrí muchas tristezas. La primera de todas fue la de haber nacido en un hogar tan pobre que  no había nada para comer; en un hogar donde éramos arrendatarios de una mala persona que un día nos quemó la casa para que saliéramos de allí, por pura maldad. Nos quemó la casa y tuvimos que quedarnos mirando cómo el incendio iba apañando las poquitas cosas que teníamos, los alpargates, la ropa, las camas… Fue algo triste y conmovedor. Eran tiempos de Violencia, y las chusmas enardecidas y ciegas  querían arrasarlo todo, acabar hasta con el nido de la perra. Por eso ardió mi casa y la cosecha de maíz que mi padre había sembrado, ¡Todo! Después nos tocó seguir dando vueltas por el Cruce de los Vientos y por esos días se murió mi madre a quien yo consideraba mejor que la Virgen de Fátima. Por ella escribí un cuento muy lindo que se llama Ella no volvió, y que hace parte de mi libro Inventario de Invierno. Después de eso, yo no sé cuántas veces he estado triste, porque son incontables veces. También estuve triste la vez que no me dejaron entrar al circo en el Parque de la Independencia porque no tenía para la boleta y tuve que hacerme pasar por hijo de un  señor para que me dejaran entrar. Estuve triste cuando Argénida, la mujer que yo tenía en Barranquilla me quemó la biblioteca. Estuve triste cuando quemaron el Palacio de Justicia, porque toda la noche oí el bombardeo y además, porque mis hijos también lo oyeron, dado que vivimos a unas pocas cuadras de allí, en el barrio La Candelaria. Estuve triste cuando a Cielo la operaron de la apendicitis y regaló el pedazo de tripa en un frasquito como si fuera un pedazo de su alma Me sentí triste cuando supe que mi hija Iohanna sufría de lupus herimatoso y diabetes y que eso no lo arreglaría ninguna medicina. Hay muchas historias que me sucedieron, es cierto, pero sé que he sido el mejor padre del mundo y que he preferido ser padre antes que escritor. Para mi la literatura no es más que alimento para el espíritu porque eso no da para vivir, pero qué grandes sueños se tienen a través de ella.
    --Pero hay mucha tristeza en tu alma…
    --Es verdad, pero también mucho desencanto. Y fíjate que otra de mis tristezas es que nunca he podido conseguir un patrocinio para publicar mis libros y tampoco la revista, tanto así que hoy lo único que pido es una ayuda que me permita llegar al No. 80, y al menos publicar dos o tres libros que tengo inéditos. Con sólo eso podría sentirme feliz. La  tristeza de mi vida no cabe en este mundo y también digo que la felicidad que me ha dado la vida tampoco cabe en este mundo. Mi felicidad no cabe en el mundo, porque he amado hasta  lo imposible y tal vez eso es mejor que haber  escrito cientos de libros.
   --¿Qué hechos del hombre te han puesto a reflexionar?
   --No sé si te pueda responder bien la pregunta porque hechos hay muchísimos que me han dolido,  me duelen, que son como una herida que nunca cicatriza. Por ejemplo, la violencia que ha sacudido al país durante todas las épocas, durante todos los años es un hecho que no he podido olvidar. A mi la violencia no me ha golpeado como para andar quejándome  todos los días, pero he sido testigo de una violencia tan radical y tremenda como la que ha padecido Colombia desde sus inicios, más particularmente a partir de la Guerra de los Mil Días o cuando nos quemaron la casa y tuvimos que quedarnos toda la noche viendo como ardían las pocas cosas que teníamos. Porque mi abuela era muy conversadora conmigo me quedó la inquietud de saber más sobre esa guerra, recientemente me puse a investigar y supe que no fue una verdadera guerra sino una matanza entre liberales y conservadores donde no se combatía por ningún ideal sino por un trapo rojo y otro azul. Se daban garrote, patadas, pedradas, cuchillo,  balazos, con lo que fuera con tal de que el otro cayera muerto. Perdimos Panamá y perdimos el sentido de nuestra historia donde los únicos ganadores fueron los que de alguna manera acrecentaron tanto su poder económico como político. Otro hecho que me sacudió fue el 9 de Abril donde prácticamente se acabó la República y comenzaron a aparecer en el campo “los chulavitas” y asesinos de todos los pelambres, y que más tarde dio como consecuencia la creación de la guerrilla, que en ese entonces luchaba por un ideal, pero después apareció la coca y todos los principios se desquiciaron, y comenzaron a aparecer los narcotraficantes, los capos y los paramilitares que prácticamente querían refundar el país, casi al amparo de las autoridades tanto civiles como militares. Hoy Colombia parece más un cementerio, que un país posible.
    --¿Y lo sucedido en el Palacio de Justicia?
    --Si, me afectó mucho la toma del Palacio, debido a varios factores, entre otros porque yo vivo a casi tres cuadras de allí y durante toda la noche oí los cañonazos, las balas, el color de la muerte. A  causa de eso, mi hija Iohanna, cada vez que oye algún estruendo, comienza a temblar, no de miedo, sino porque su sistema nervioso colapsó. Por ahí tengo un cuento que se llama precisamente “En nombre de la democracia”, que fue lo que dijo un general para justificar la matanza,
    --¿Y en plano cultural qué te ha puesto a pensar?
    --Lo más sobresaliente fue el Premio Nobel a García Márquez. Me alegré enormemente que uno de los escritores nuestros se ganara semejante premio, y a la vez, porque la literatura colombiana despertó de su letargo. Ya no eran los “piedracielistas”, ni los poetas acostumbrados a hacer versos transparentes, sino porque la literatura se volvió humana, Se podía tocar, ver oír, conversar con ellos sin tanta solemnidad como se hacía antes. Eso sirvió para que en los pueblos y ciudades de la provincia también surgieran poetas y escritores con otras posturas, con otros sueños y con otra manera de ver el mundo. Otro hecho importante es naturalmente la comunicación, que ha servido entre otras cosas para romper el aislamiento al que nos tenían sometidos. Esta comunicación se traducía en cartas que iban y venían desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, con algo muy importante que se llamaban revistas culturales. Y fue así como conocí cantidad de publicaciones culturales alternativas en Colombia y nuestro pensamiento comenzó a salir del contexto nacional. Algunas de esas revistas fueron El corno emplumado, Mito, Letras Nacionales, Pájaro Cascabel, Cormorán y Delfín, O Pasquin, Crisis, Casa de las Américas, etc. Eso fue importante para nosotros los que no teníamos una cultura literaria, para los que no habíamos ido a las universidades para que nos graduaran de escritores. Esas publicaciones marcaron hitos importantes en nuestra vida, en nuestra cultura.
    --¿Qué te exaspera?
    --Me exasperan muy pocas cosas, pero tal vez soy impaciente cuando me dicen “espere” y demoran cientos de años en darme una respuesta. Y tal vez es porque cuando alguien me pide un favor no demoro en corresponder. Soy oportuno, pues sé de la importancia que cada persona tiene para mí. Me exaspera viajar  en bus, cosa que frecuentemente hago, me exaspera que se demore uno tanto en  ir de un lugar a otro. Para no exasperarme, siempre llevo un libro en mi maleta y leo  mientras espero. Por eso digo que yo creo no  exasperarme mucho. La paciencia es una de las gracias que da la sabiduría, los años.
    --¿Qué cosas te conmueven?
    --Entre las muchas cosas que me han conmovido están por ejemplo,  la muerte de mi madre.  Mi  abuela me decía que cuando uno era bueno y se moría  se iba a vivir al cielo, y por eso  yo imaginaba a mi madre viva y me pasaba mirando el cielo  a ver si de un momento a otro mi madre se acordaba de mí y miraba hacia abajo, hacia donde estaba su hijo cuidando una cabra a la orilla de un río. También me conmovió mucho la vez que yo estaba parado en la esquina del atrio de la catedral de Zipaquirá (o sea el Cruce de los Vientos), por allá en el año 52, representaban “Los Mártires Zipaquireños”. Yo creí que de verdad eran mártires esos  señores que llevaban en un camión, colgados de las manos y heridos por todos los costados. Nunca se me olvidarán las lágrimas que derramé.. Y años después, en el 56, estando en el mismo atrio de la iglesia, vi a unos señores amontonados alrededor del kiosco de periódicos leyendo la noticia de que unos camiones habían estallado en Cali y habían matado a no sé cuántas personas. Eso fue terrible, porque para esos días no solo la muerte de esos seres anónimos me conmovió, sino también la muerte de “Pateperro”, un perro canijo que iba conmigo a todas partes.
    --Un primo tuyo estuvo en Corea…
    --Eso también me conmovió, que lo llevaran a una guerra que no era suya a matar gente  y sin saber por qué. Cuando mi primo Martiniano  volvió de la Guerra de Corea,  a la que lo había llevado “El Batallón Colombia” para que lo mataran dos veces,  no creí que fuera mi primo, sino su sombra y como sombra lo seguí tratando varios años sin olvidar jamás el olor a cigarrillo Camel que le habían dado los gringos por matar a no sé cuántos coreanos. Son tantas cosas las que me han conmovido y sorprendido en la vida, como por ejemplo, la vez que Teresita entró volando a mi habitación (cuando yo apenas tenía 15 años); se paró delante del  espejo y  me pidió que cerrara los ojos para que no la mirara mientras se cambiaba de ropa. Yo, con tanta  belleza en todo su esplendor a mi lado, no resistí la tentación de verla y abrí los ojos más y más….  Sólo los cerré  cuando ella me dijo: “Ya puedes mirar”.  Pero quizá lo que más he ha conmovido son los miles de desplazados, muertos, torturados, desaparecidos, masacrados, violados que ha tenido mi país durante los últimos años. Son tantos los muertos por el Estado, los paramilitares, los guerrilleros y demás bandas criminales que operan en todo el territorio, que hay días en que me levanto y me pregunto si vivo en Colombia o en otro país. ¿Es que verdaderamente no existe justicia en mi país? Pero ese sería apenas otro capítulo  de una novela a la que habría llamar “El país de los muertos”. 
    --¿En Colombia nos hemos acostumbrado a morir?
    --Nadie se ha acostumbrado a morir, nadie. Aquí  las cosas suceden de otro modo, nos han enseñado a ver morir sin chistar nada. Y eso viene sucediendo desde mucho antes, desde que los españoles pusieron sus patas en estos territorios donde adorábamos al sol y las estrellas. Claro, el español acostumbrado a matar, después de tantos años de guerras contra los musulmanes, y la inquisición, y la conquista de América, a nuestros indios, que eran salvajes y puros, los fueron matando por montones para quitarles el oro. Después con la tenencia de la tierra y la religión continuaron matándolos, para  que no quedara ninguno. Hoy en día los siguen matando y nadie dice nada. Sucedió con la Guerra de los Mil días, y sucedió con La violencia de los años 50, y sucede todavía con los paramilitares y guerrilleros  de los últimos años. Nos hemos acostumbrado a ver a la muerte de frente.  Y los que de alguna manera se han sacudido ante tanto horror, también terminarán muertos. Es casi una condena eso de que la muerte esté en todas partes. Si viviéramos en México, al menos tendríamos alguna razón válida para adorar la muerte (porque allá celebran el Día de los Difuntos con una fiesta), pero vivimos en Colombia donde ni siquiera los muertos viven en Paz porque los desaparecen con los falsos positivos, porque los desaparecen por apropiarse de sus tierras, porque los desaparecen por decir la verdad. A mí me duele ver  tantos muertos y sobre todo, con tanta gente que es capaz de decir algo y no lo dice por miedo a que también los maten. Por eso reina la impunidad, porque el país es corrupto, como nuestro ejército, como tantos senadores  que por fortuna hoy en día tienen en la cárcel y que cometieron tantos crímenes en los departamentos de la costa tan solo para apoderarse de las tierras del pobre campesino. Nosotros vivimos en un Paraíso, es cierto, Colombia es un paraíso, hay todo lo que tú quieras, pero si lo miramos bien al fondo, podemos descubrirle sus heridas, causadas por las mafias de la muerte. Yo personalmente seré el último en acostumbrarme a morir. Quisiera vivir eternamente para escribir sobre mi país y de todo lo que me ha dolido, lo que me han dolido sus dirigentes insensibles al dolor humano. Esto que escribo aquí posiblemente tenga muchas inconsistencias  pero siempre digo lo que siento,  aunque la verdad me mate. 
   --¿Qué te conmueve más: un indígena pidiendo limosna en la ciudad, regalar un voto por un tamal, un hijo convertido en un “falso positivo”, un presidente que le dice “mentiroso” a un Magistrado?...
    --Todas esas cosas me conmueven tremendamente… Recuerdo que  Hitler dijo que el pueblo alemán era el culpable del genocidio que él cometió. De la misma manera diré yo: Los colombianos también somos culpables de tanta barbarie por haberla permitido. Todos los colombianos somos culpables de tantas muertes, no nos lavemos las manos diciendo que solo el que está en el poder tiene la culpa.
    --En todos los  años vividos, ¿cuál fue la década que más sentiste correr por tus venas la literatura?
    --Yo creo que toda la vida ha sido para mi una experiencia, un goce, una aventura, un sueño, un viaje por la literatura. Es cierto,  tal vez porque desde niño siempre viví expectante, pendiente de  cómo hablaba la gente, y más tarde, cuando toqué los libros, creía que todo lo que contaban era verdad y lo tomaba para mí como modelo de vida. Tal vez por eso he estado tan equivocado en el mundo, creer que la ficción es mi realidad, pero que la realidad es cosa cierta: no me ha defraudado en nada. Desde el momento en que  nací hasta que conocí la escuela, nunca tuve un libro en mis manos, y eso fue hasta los siete años. Me gustaba más oír a mi abuela que aprender a leer.  Y sin embargo aprendí a leer sin que nadie me enseñara, de la manera más prosaica. Eso lo explicó  García Márquez años más tarde, en Cien años de soledad, con motivo de la Fiebre del Olvido. Había que ponerle nombre a todas las cosas para que nos se le olvidara a uno el nombre de la cosa en sí.  Después que aprendí a leer lo que más me gusto fue la Poesía, la musicalidad de las palabras, sobre todo la del siglo de Oro, el cante jondo, la poesía gitana. Y todo porque a mi pueblo llegaban muchos circos y muchos gitanos y con solo verlos me imaginaba otros mundos, llenos de colores y música. Plagiando a los poetas andaluces tuve muchas novias. Durante mi vida en el Barrio Santa fe, conocí en persona a León de Greiff,  me parecía tan sencillo que yo creía que era un ángel que llevaba muchas migajas de pan en los bolsillos para dárselas a las palomas del parque a la hora del almuerzo.  Nunca me sedujo León Valencia, pero si un Julio Flórez, un Miguel Hernández, un García Lorca. Las poesías de Silva me parecían demasiado almibaradas y pegajosas, algo así como lágrimas con arequipe. Sin duda el poeta que más admiro es a Aurelio Arturo, era tan sencillo y puro como su lenguaje…  Después me fui de la casa y llegué al mar. Y cayó en mis manos la poesía de Neruda y El Extranjero de Camus, que fue mi perdición. Era el año 1964, y como te dije en un comienzo, yo creí que la ficción era mi realidad y  amé ese libro porque contaba una historia tan bella que no podía ser cierta. Desde entonces amé a Camus, pero después llegaron los beatniks,  Kerouac, el surrealismo, Rimbaud, Kafka, Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo, Cien años de soledad, la aventura del Che en Bolivia….  Amaba la literatura  con pasión, como debe ser, pero nunca  pensé ser  escritor; tampoco lo soy. No lo digo por maldad, sino porque pensaba que los escritores eran otros, los que escribían  mis libros favoritos. Cuando me puse a escribir fue cuando creí que todavía nadie había contado lo que yo había vivido. Eso me hace diferente de los demás miembros de la tribu. No cuento las cosas con dolor, y eso lo podrán ver en mis libros, especialmente en Inventario de Invierno al que tú le diste un segundo premio de novela en Pereira. Allí cuento la vida  de Argiro, un niño  descalzo, pobre, feliz, riente, enamorado de la vida y del mundo, jugando con los pocos elementos que hacen de un niño un genio de invenciones sobrenaturales.
    Quizá la época más bonita de mi vida como  escriviviente, fue entre los años 70 y 80, y todo porque era amigo de gente linda, Mendoza Varela, X-504, Gonzalo Arango.   Manuel Mejía Vallejo me pronosticaba un futuro en la literatura colombiana, me dieron un tercer premio en los 90 Años de El Espectador, mantenía correspondencia  con muchos poetas y escritores, Edmundo Valadés me enviaba la revista El cuento de México, me escribían de Paris, pude publicar el primer libro a Orietta,  fui editor de la revista Mosaico II. Yo era una celebridad, casi me candidatizan para papa, y eso que en ese momento la literatura estaba demasiado politizada. Fue una época bella en la literatura porque los escritores y poetas éramos muy amigos. Después los premios y las publicaciones nos fueron cambiando y hoy en día cada cual anda por su lado, con su grupo…
    --¿Con qué escritor, vivo o muerto, te gustaría encontrarte cualquier día?
    --Son tantos los escritores con los que me gustaría encontrarme en esta vida o en la otra... En primer lugar con Rimbaud. Su vida y mi vida se parecen en mucho. Fue rebelde desde niño, se fue de su casa, vivió una vida bohemia, viajo por todas partes, terminó haciendo fotografías para una Sociedad  Geográfica,  escribió Una temporada en el Infierno y murió de una gangrena en una rodilla. A mí también me ha pasado lo mismo: casi pierdo mi pierna izquierda en un accidente.  Además, porque en Rimbaud se nota el espíritu francés, y yo toda la vida he estado enamorado de Paris. Otro poeta que me gustaría encontrarme es con César Vallejo.  Su vida y mi vida se emparentan también. Yo vengo del campo no soy un ciudadano y no tengo modales finos. Vallejo  nunca estudio ni yo tampoco, era rebelde por naturaleza, aunque no fuera capaz ni siquiera de tirarle una piedra al Gobierno, y estuvo preso. Yo  también estuve preso una vez. Si algún día me ganara un premio,  lo primero que haría sería ir a visitar  la casa donde nació Vallejo, en Santiago de Chuco. Yo también amo  a Vallejo, no solo por sus poemas sino por su vida, su obra, su soledad... Con Mark Twain, también me gustaría encontrarme, porque fue tan libre como yo. Con Rulfo, con Miller, con Saroyan con Bukoswski, con todos esos escritores que aprendieron a escribir por si solos,  no en la Academia sino en la vida, Sé que todos los días me encuentro con ellos porque los tengo en mi biblioteca, y cada vez que pueden salen a charlar conmigo, rondan por mi casa, se tropiezan en las escaleras, saltan de un lado a otro, fuman largos tabacos, leen mis cuentos, me dan razones de por qué se escribe así y no de otro modo.   
    Creo  sinceramente que los grandes escritores no son los que se han pasado la vida en la Academia dictando  talleres para ser escritores sino los que han tomado la vida  en todo su esplendor y la vida les ha enseñado a escribir. Con  ellos y solo con ellos me gustaría encontrarme de nuevo. Con el único poeta colombiano que me gustaría hablar siempre y que deseo no se muera nunca, es con Jaime Jaramillo Escobar (X-504). Con el único escritor vivo que me gustaría hablar alguna vez  es con Gustavo Álvarez Gardeazabal y con la única mujer que me gustaría estar siempre en todas partes es con la mujer que me ame como soy.  Desafortunadamente en estos tiempos el amor no es más que una comedia.
    --¿Qué tipo de accidente tuviste? ¿Te angustió la situación?
    --He tenido muchos accidentes en la vida y estoy penando como dijera César Vallejo. Una vez con Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar y Héctor Rojas Herazo, íbamos pasando por debajo del puente de la Caracas con 26 cuando de pronto se nos varó el carro por falta de gasolina;  yo me bajé a traer un galón a la estación cercana y me puse a echarla  en el  tanque que estaba en la parte trasera, pero al conductor se le olvido encender las luces de peligro y vino otro carro por detrás y se estrelló, no contra el carro sino contra mí. . La gasolina  cayó sobre mi cuerpo y me empapó totalmente. Cuando vi mi pierna tirada en el pavimento no pensé que fuera la mía sino que me acordé  que tenía una cita con mi novia  al día siguiente en El Cruce de los Vientos y  tenía que  estar bien presentado para que me quisiera más.  Comencé a  levantarme del suelo pero no podía. Los huesos de mi pierna estaban triturados, vueltos astillas pero no sentía dolor. Era un muerto sin muerte. Después de casi tres horas de estar con la pierna colgando de un tendón y sangrando por todos lados, me llevaron a una clínica. La enfermera que me atendió me dijo: “Eso le pasa por borracho". No dejó de sorprenderme, ni siquiera me había tomado un trago  esa noche. Dos años estuve enyesado y vuelto nada, en muletas, dando salticos como un sapo, tanto que hoy en día cuando voy hacia alguna parte la pierna se suelta y empiezo a caminar al revés.  Yo nunca había experimentado algo tan doloroso como eso. De niño había visto morir a mi madre; a mi perro "Pateperro", a mi hermanita Lucía  que se murió una noche de mucha luna llena; a mi padre también lo vi morir. Todas esas muertes me sobrecogieron, me hicieron doler el alma, que es un dolor que no se ve pero que está dentro de uno y por el cual uno a veces se pregunta ¿Por qué, Dios mío? Sin embargo esas muertes yo las considero como parte de la película que me correspondió vivir, pero la muerte que mas recuerdo fue la vez que yo bajaba de la escuela, un día de mercado cuando de pronto un hombre se le fue a otro y le asestó como cien puñaladas. Después de matarlo, tiró el cuchillo sobre el tejado de una casa vecina y tranquilamente se perdió entre la multitud. Y otra vez en Chiquinquirà, Efraín González, el Siete colores,  se apareció en la plaza  con su cuadrilla de bandoleros y mató  a unos parroquianos que venían de  rezarle a la Virgen. Tantas muertes he visto en la vida que a veces me da pena de no tener tiempo para sentarme juiciosamente a mis memorias pero qué diablos  si todo el tiempo me la paso trabajando para conseguir lo de la comida.
    --¿Cómo fue la experiencia de estar preso?
    --Más que una experiencia fue  un absurdo. Sucede que llegué a Zipaquirá  un día  Carnaval y todo el mundo andaba de fiesta. Descendí del tren --porque en ese entonces existía  el tren de la Sabana y también El Expreso del Sol, que iba hasta Santa Marta--.con una tula llena de cosas, una pistola (así le decíamos los marineros a los cautines que se emplean hoy en día para soldar), caracuchas y recuerdos del mar. Un policía que estaba en la estación al verme con mi caminado de marinero, el rostro tostado por el sol y con el calor del trópico todavía intacto sobre mi cuerpo, no le gustó la cosa y se fue a llamar a los demás policías. Al poco rato me vi acorralado, maniatado y pateado, pero no les di la llave de mi tula porque me la tragué de pura rabia.
    “--Queda detenido” -me dijeron y me llevaron a una celda  repleta  de ladrones de gallinas, carteristas, ladronzuelos  y hampones de poca monta. Cuando los detenidos me vieron entrar, todos a una me preguntaron:
    “--¿Y a usted por qué lo trajeron, mano…?”
    “--¿Se robó una gallina, preñó a la moza del cura o qué?” 
    “--Por una pistola” –les respondí escupiendo  contra el techo  donde estaban pintados los rostros más horribles, las mujeres más inmundas, las poses más grotescas, los símbolos más raros del mundo. 
     “--Este  man debe ser un duro” –debieron pensar y se pusieron a mi servicio compartiendo conmigo la comida que sus mozas les llevaban. Mientras tanto el pueblo entero se divertía en la calle. Yo lo único que pensaba era en los poemas Cavafis, en los puertos que había conocido, en las mujeres que había amado y  en El Extranjero... Al quinto día de estar preso en mi casa supieron que yo estaba detenido  y se fueron a la alcaldía a hacer el reclamo. El alcalde me mandó  sacar de la celda  y cuando me tuvo enfrente me pregunto:      
     “--¿Por qué lo tienen preso?”  
     “--Por  una pistola” –le respondí.
     “--¿Una pistola? ¿En qué movimiento milita?”
     “—Yo soy un ciudadano común y corriente. Soy inocente en todo sentido”.  
     El alcalde dio orden de romper la tula. Y vaya sorpresa cuando sacaron el contenido: Una pistola de soldar y  unas caracuchas de mar. 
      “--¿Por qué no explicó  que era una pistola de soldar? --me preguntó el alcalde.
     “--Nadie me lo preguntó”.
    “--Yo sabía que mi hijo es inocente” --dijo mi padre  y  salió de la alcaldía con la frente en alto; yo también.
    --¿Crees que con los libros se salva este país del infierno político?
    --Para que los libros sean capaces de cambiar o transformar un país se necesitan muchos educadores, muchos escritores que dejen una impronta en la literatura colombiana. Hoy en día las grandes editoriales publican mucha literatura de aeropuerto  que los lectores consumen  como si fueran papas fritas.   Y para colmo de males, somos un país iletrado, analfabeta y pobre. Si  en muchos hogares no hay  para comprar el pan diario mucho menos para comprar libros, que están por las nubes, carísimos sin saber por qué en un país que no solo produce café sino también pulpa de papel. Tenemos grandes y pequeñas editoriales, pero el costo de los insumos es muy grande. Y como te decía al comienzo, aquí nadie lee por placer sino para desaburruirse, para olvidar tantas tragedias, peculados, chuzadas, falsos positivos y agro ingresos seguros. De ahí que los libros de Alfredo Molano, no se vendan tan bien como los de Ingrid Betancur. Yo conozco a muchos escritores y poetas que cuentan cosas bellas y maravillosas y extraordinarias, por ejemplo Evelio Rosero, (para mí nuestro próximo premio Nobel de Literatura), Pedro Badrán, Triunfo Arciniegas y muchos escritores del Huila, de Santander, de la Costa, de Nariño o del Valle, pero casi nadie los menciona porque en nuestro medio desconocer a otros es lo más sabroso. No hay que olvidar que vivimos en Canibalia,  y al Rey de Canibalia no le gusta la belleza sino la envidia, la confusión, la negación y el oscurantismo. 
    --¿Qué es un buen amigo?
    --Tamaña pregunta. Para mi un buen amigo es lo más parecido a un buen libro. El libro es capaz de  hacerme conocer lo que yo no se, de viajar por todas partes sin fatiga, sin pasaporte, de compartir la belleza conmigo sin pedirme nada a cambio, de ir a todas partes sin tener que pagar el boleto de regreso. Un libro es para mí lo más parecido a un buen amigo. Es capaz de compartir  conmigo la fatiga del camino y la belleza. Es mas, cuando veo el mundo oscuro y con ganas de muerte, un amigo es capaz de darme la luz, de darme fuerzas para llegar hasta la otra esquina. Cosa que sólo pueden hacer los buenos libros, y  de paso  me permiten conocer al autor. Yo no he tenido ni he sido de grandes amigos, aunque he sido amigo de todos sin que se den cuenta. Tengo grandes amigos que han escrito bellos libros, bellas novelas, bellos poemas y otros que no han escrito ni una palabra porque son totalmente analfabetas pero que han sido capaces de demostrarme su amistad con lo que saben.
    --¿Qué libros haz repetido de lectura a lo largo de tus años?
    --Yo he repetido la lectura de muchos libros, tanto de poemas como de cuentos o novelas, e inclusive de historia,  porque yo soy un lector empedernido de la historia y los que no leen historias no saben  donde están parados,  y por eso muchas historias en Colombia hemos tenido que repetirlas. Por ejemplo, yo leí Una Temporada en el Infierno cuando tenía 20 años. Lo compré cuando iba bajando por la avenida Jiménez y de pronto lo vi en la Librería Buchholz, publicado por Editora Fabril Argentina, Valía. $16.50 me dijeron. Yo no tenía ni un centavo en el bolsillo en ese momento, pero bajé corriendo al Hospital San José y le vendí un litro de mi sangre a un vampiro que compraba sangre para un paciente. Me dieron una Poni Malta, un huevo y cincuenta pesos. Subí corriendo a la librería  y compré el libro, que estaba traducido por Enrique Molina. Es la traducción mas bonita que he leído, y por eso la he leído como unas cuarenta veces. Después leí Pedro Paramo, El Llano en Llamas, América,  que me había regalado el chico dientes de conejo del Barrio Santa Fe. He leído muchas veces  a César Vallejo,  y a  Ciro Alegría, pero mucho más a Jorge Icaza, porque antes que nada me interesaba la cuestión indígena del  Ecuador y de toda América. Leí con mucha devoción varias veces a Fayad Jamis, a quien publiqué en Puesto de Combate de primera mano su poema  El Horcado Del Café Bonaparte. Cuando vivía en la costa, en el mar, mi libro de cabecera era El Extranjero. Si, yo toda la vida he sido un extranjero, en mi casa, en mi hogar, en la ciudad, en el mundo. No estoy ubicado en ninguna parte, siempre soy extranjero en todas partes, hasta en la Ferias del Libro y mucho más en el Ministerio de Cultura. A Eduardo Mallea también lo he leído muchas veces, a Henri Miller, todos los Trópicos, toda la crucifixión rosada. Muchos libros los he leído varias veces. Por ejemplo, a Arturo Echeverri Mejía, Manuel Mejía Vallejo, Gustavo Álvarez Gardeazabal. También a Mark Twain, Bierce, Jack London, Bukowski, toda la literatura Norteamérica, incluyendo repetidas veces a Truman Capote. Para qué negarte si he sido un admirador de los poemas de Jaime Jaramillo,  de Cóndores no entierran todos los días, Cuchilla de Evelio Rosero y en fin, son tantos los autores,  los libros y los poemas que he leído cantidad de veces que yo mismo me siento como si fuera parte de un texto literario, una biblioteca  y no una persona que come, bebe, sueña, canta y llora.  Claro que a mi también me gustaría que me publicaran tantas veces  como yo he leído, pero ya se me está acabando la vida. Mi deseo es llegar al No, 80, de Puesto de Combate, Ya no soy tan joven y como comprenderás también me he ido cansando de esperar lo que no se me debe.
    --¿Qué autores no leerías por nada del mundo?
    --Cuando yo comencé a escribir nadie  leía ¡Nadie! Por eso siempre leo a todo el mundo. En los años  70s los escritores escribían sobre la violencia, uno cogía sus libros y escurría sangre. Hoy en día sigue la violencia, la violencia no termina, pero nadie podrá decir que en  Los Ejércitos  no hay violencia. Es tal vez la mejor novela sobre la violencia que se ha escrito últimamente. Es tan buena que ni siquiera sangre hay, pero es una buena novela sobre la violencia que estamos padeciendo.  Volviendo a tu pregunta, si yo no hubiera leído y dado a conocer  a Raúl Gómez Jattin, nadie habría dicho ni mú, ni siquiera el Fondo de Cultura Económica se hubiera interesado en sus poemas. Pero yo creí en su poesía  como he creído en muchos escritores y poetas. Por eso leo a todo el mundo. Si sus libros son buenos, están en mi biblioteca, en el altar de mis amores, pero si un  libro definitivamente es malo, no lo quemo porque el papel esta muy caro sino que lo encesto, para que los reciclen y no escasee el papel. Un libro que yo nunca leería, es Mi Lucha. Ni siquiera he intentado hojearlo. 
    --¿Qué personajes (protagonistas) de novelas te llenan de nostalgia?
    --Me preguntas ahora qué personajes de novelas me llenan de nostalgia. En realidad ningún personaje de novela me produce nostalgia, pero hay muchos personajes de novela que recuerdo con inmenso amor.   Por ejemplo, yo nunca he ido a Venecia, pero el señor Gustavo Aschenbach, asediado por la belleza y la peste, me produce un sentimiento de desolación inmenso, tal vez porque yo he sido un solitario durante toda mi vida, solitario como un faro en mitad del mar, como un ermitaño  en lo alto de la montaña, pero también he tenido inmensos días de alegría, que se reflejan en El Vino Del Estío  de  Bradbury. Esa es una novela de Alegría, que viví y amé  como luego lo fue Tom Sawyer de Twain. Esos libros me producen nostalgia, tal vez porque solo en la niñez los hombres son felices, solo en libertad uno puede ser feliz. En las ciudades nadie es libre, nadie es feliz, así este pudriéndose en riqueza. Yo fui feliz cuando niño y lo sigo siendo ahora tal vez porque no he deseado más de la cuenta sino lo necesario y justo. Uno debe ser justo para ser feliz... Podría seguir hablándote de personajes de las novelas que me han sacudido en todo sentido. Recuerdo con mucho cariño y especial ternura  a Aureliano Buendía, a Úrsula Iguarán, a Remedios la Bella a Pedro Páramo, al  señor que se la pasaba fisgoneando a las muchachas del cercado vecino en Los Ejércitos, pues a pesar de la violencia  que lo rodeaba tenía tiempo para deleitarse mirando el cuerpo de su vecina. Recuerdo con honda nostalgia, con verdadera nostalgia a Amarilla, de Opio en las Nubes, novela superior mil quinientas veces a  Viva La Música, que no me parece tan genial como quieren hacérnoslo creer críticos y aduladores caleños.
     --¿Con qué escritores, muertos o vivos te gustaría compartir un chocolate o una buena copa de vino?
    --Hay varios escritores con los que me gustaría compartir, si no un chocolate una botella de vino. En primer lugar, sentaría a mi mesa a Samuel Becket. Su genialidad para el absurdo me parece asombrosa. El absurdo me vuelve loco. Oír hablar a Becket en torno a una botella de Whisky,  sería para mi fabuloso. Recuerdo que a mediados de los años 60, mucho del teatro colombiano que se veía en Bogotà tenía mucho que ver con el absurdo, y hasta se montaban muchas de las obras de Becket. Por ejemplo, Acto sin Palabras.  El  teatro que más me ha llamado la  atención es el teatro absurdo  porque siempre he vivido en un mundo absurdo. En  mi primera infancia no habían libros pero de tanto desearlos he tenido todos los libros que he querido y para colmo de males, los he leído para aprender a escribir  bien,  por una parte, porque la otra parte de la escritura te la da la vida.
    Con otro escritor que me gustaría compartir otra botella de Whisky, seria con Charles Bukowski. Fue un escritor terriblemente vital, pendenciero, camorrista, buscapleitos, errante, proscrito y por si fuera poco, muy buen escritor. Me gustaría describir  situaciones, ambientes lugares como lo hizo él y que dejó plasmados en una cantidad de libros. Lastima que Arturo Echeverri Mejía se murió demasiado joven, porque con el también me gustaría tomarme una botella de vino, para que habláramos de su travesías en canoa desde la desembocadura del Amazonas hasta Cartagena, para que me hablara del Bajo Cauca y en fin, para que me hablara de todo lo que yo no sé. Parece un poco traído de los cabellos hablar de uno mismo, pero me gustaría tomarme un chocolate con mi madre, preguntarle por que me dejo cuando yo era tan niño y si el cielo existe. Mi madre era muy sabia porque fue a la única que se le ocurrió decirle a su hijo cuando lo ve descalzo entrando a la iglesia a hacer  su primera comunión: “la pobreza no es pecado, hijo mío... a Dios solo le importa que uno sea bueno”.
    --¿Con Bukowski te tomarías una botella de whisky, dos copas de vino o un café colombiano?
    --Con Bukowski, no necesariamente seria una botella de whisky sino dos y hasta cinco botellas de whisky  escoses bien refinado o un café colombiano, del mejor café colombiano, del que hace mi amigo Jader Rivera en Teruel (Huila), el cual no esta sembrado al descampado sino bajo frondosos de los árboles, bien pueden ser guarumos, chirimoyos, aguacates o sicomoros. Tan rico que es el olor de un café a las  seis de la mañana en esos parajes, sintiendo todavía con el frescor de la mañana impregnando en las hojas  de los árboles, reverdes de tanto verdor. Digo todo esto porque una vez fui a dar un recital por esos lugares y mi amigo Jader rivera, que es un poeta como Aurelio Arturo y que todavía habla del campo con esa admiración que uno siente por  las plantas cultivadas por su propia mano... No olvidare ese día. En la emisora local, frente a un vetusto transmisor me senté a leer uno de mis cuentos y sentí que toda la selva,  allá afuera,  escuchaba mi voz, porque era tan profundo el silencio que hasta el sonido de las palabras parecía ensordecer con el canto de las chicharras, de las abejas y  avispas. Ese amigo y unos cuantos campesinos que habían venido al pueblo eran todo mi auditorio. Yo me sentía como en Siddhartha  hablando de tu a tu con los dioses milenarios de la tierra.        
     Después de leer mi cuento "Ella No Volvió", un campesino me llamó para preguntarme  si todo eso que yo contaba era cierto. Le dije que sí,  que todo había sido cierto, tan ciento que hasta mi madre se había muerto de tristeza. El campesino me trajo después una manotada de plátanos y me invito a tomar café a su casa, que era de bahareque y con tantos huecos por todas partes que el sol no aguantaba tanto calor y se metió por entre los huecos de la  casa a tomarse un café, tan delicioso que poco importaban los picotazos de las abejas, el zumbido de los mosquitos.  Me sentí como un héroe, porque después salimos a caminar por todas partes y hasta oímos con tremenda nitidez unos tiros de la guerrilla y tuvimos que devolvernos. Pero lo que mas recuerdo en su taza de café, preparado con aguade panela, la sonrisa de su hija y los ladridos de los perros. Aunque a Bukowski no le gustaría estar a mi lugar así, me gustaría tomarme un café con él, en una calle de Los Ángeles y  revolotear de un lado a otro de la noche...
    --Finalmente ¿cuál será el porvenir de Colombia sin cultura?
    --No creo que haya alguien que  lo sepa, pero sería un destino muy trágico. Por eso me gustaría que cambiaras la pregunta: ¿Quién es Milcíades Arévalo? La respuesta es sencilla, alguien como tú, frágil, con todos los defectos y virtudes que le dio la vida y al que únicamente la gusta la cultura, que todos la tengan para que no tengamos que soportar un destino trágico en el futuro.   

Bogotá, Noviembre 22 de 2011

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