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En un bosque de líquidas palabras, sueñan peces de pieles violáceas

En un bosque de líquidas palabras, sueñan peces de pieles violáceas

Es el mundo de Milcíades Arévalo



Dossier o carpeta

Textos de Milcíades Arévalo

Entrevista de Libia Acero-Borbón

Francés Manuela Mariño Beltrán e Yves Moñino

Preludium de Luz Helena Cordero Villamizar

Introducción de Efer Arocha

Introducción

Milcíades Arévalo es un pedazo de obsidiana con muchos filos del planeta de las utopías escriturales, donde la exigencia impone soñar con ojos de caballo por lo abiertos, para lograr el germinar de manera constante e incesante el manar de ese ingrediente, con el cual se forja el material que en paciencia labra el vocablo que tiñe la sábana nívea. Herrero de duro metal que a golpe de porra ha descuajado roca para abrir el camino por donde sólo pueden transitar aquéllos que saben caminar a pie limpio con grueso callo, resultado de las asperidades y tropezones del sinuoso ascenso, que desde luego son escasos por lo pétreo y la agobiante sudoración, donde el empleo de toda la energía corporal e intelectual es necesaria para alcanzar la cima que la jornada requiere, y así poder escanciar el zumo de la palabra exprimida agridulce, el cual ha sido palpabilidad, goce o vituperio en el fundir de años en un territorio de interrogaciones apeñuscadas o dispersas denominado Colombia.

En su capital, Bogotá, ciudad de acentuadas disimilitudes escriturales, hizo cepa este creador de mundos. De una parte tenemos al escritor literario en los géneros de cuentista, novelista, ensayista y poeta; y de la otra está el editor, librero, periodista y divulgador de cultura. Dos sustancias que modelan por sí mismas un personaje. Sin embargo, el personaje que es Milcíades Arévalo, presenta una singularidad única y diferenciadora que es lo que lo caracteriza en el seno de la literatura colombiana. Esto lo encontramos en esa rara dimensión que es su lealtad y generosidad con el signo convertido en grafía, en el sentido de su continuación, promoción y divulgación. Militante de la otredad, concepción del desprendimiento y del encuentro. Quien esté interesado en hallarlo en su primer mundo, lo ubica como escritor a partir de 1964, fecha en la cual publicó su primer texto literario en el diario El Espectador, en su separata dedicada a la cultura, con un título que convierte en síntesis el tiempo turbulento de ese país, Bajo la luna todos los muertos son iguales. En cuanto a su segunda sustancia, en lo tempo-espacial, se sitúa el 23 de septiembre de 1972 cuando publicó el número cero de la revista literaria Puesto de Combate, de la cual es su fundador y director.

Al detenernos en la carátula y pensar en el nombre, los conocedores del país, sin ningún esfuerzo encuentran que el nombre de la publicación es un reflejo del inconsciente social convulso, debido a que el título en la primera lectura de superficie, evoca el terreno militar. Nombre congruente con una publicación dirigida por el general Matallana o Camacho Leiva cuando estaban en servicio activo; o por qué no, por el secretariado de las FARC o por el comandante Gavino del ELN. Pero no es así, en Colombia todo tiene muchas lecturas. La escogencia por parte de Milcíades fue un acierto, porque se convirtió en un acto premonitorio en razón de que ha enfrentado un combate prolongado de hazaña para mantener la publicación a lo largo de 37 años, apenas con sus uñas, fuerza y pulso. Se necesita mucho coraje para llegar hasta tan lejano puerto a punta de tan solo remos. En su juventud era ya marino y se lo cuenta a Libia en su entrevista.



Un paso que resulta obligatorio para entender la fenomenología de la publicación literaria en Colombia, es interrelacionar así sea en forma brevísima, Puesto de Combate con otras publicaciones similares. La decana de las revistas literarias es Aleph, hasta donde pudimos investigar cumple 43 años. Fundada por el poeta Carlos Henríquez Ruiz, en una ciudad que tiene una geografía de lomo de caballo, conocida como Manizales. Publicación impávida por contenidos y sin zozobras por los acoses de la impresión. Prepara la edición número 150. Echó raíces en los predios puramente poéticos. El mal pensante, por su fisonomía se ubica de inmediato en un sello distintivo. Refleja la holgura material del texto literario. Andrés Hoyos su propietario, es un abultado bolsillo en lo económico que tiene como director al poeta y crítico Mario Jursich. Sus detractores sostienen que es una revista comercial que da cabida al texto en función instrumental. A ella accede lo granado de la elite social. Dicho en lengua brusca y directa, es una revista de la alta burguesía. Número, presenta algunas características similares a la anterior; empezando porque tiene gerente que en la actualidad es Ana María Mejía, dinámica y eficaz en materia de publicidad. El director es el periodista Guillermo González Uribe. Sus críticos afirman que sus puertas están abiertas para los escritores en ascenso social. Prometeo vino a la vida en Medellín, urbe de curiosidades; una de ellas es que parte de su transporte urbano se hace por aire. Fernando Rendón su director, aquí en París decía que allí se deshace de los malos augurios y olvida a sus encarnizados enemigos. Prometeo fue la gestora del festival de poesía, que lleva el nombre de la ciudad, acontecimiento de respetabilidad mundial en su género. Sus lecturas son un espectáculo multitudinario. En él participan decenas de poetas enarbolando distintas nacionalidades. Es un orgullo no tan sólo de la ciudad, sino también del país. Tiene una masa de detractores en el campo literario que hacen uso de todas las armas donde no se excluye la calumnia. En el campo del arte todo es comprensible y admisible; lo que sí resulta inaceptable, es la persecución jurídica o política que se le hace a su director. Es una revista que produce remezones que van más allá de la metáfora. Común Presencia Común Presencia agrupa a escritores, poetas e intelectuales de la clase media, dirigida por el escritor Gonzalo Márquez Cristo también editor. Hace verdaderos malabarismos para que no se le hunda la barca que siempre está haciendo aguas.

Arquitrave
, dirigida por el crítico literario Harold Alvarado Tenorio, quien haciendo uso de una gnoseología literaria debatida en el siglo pasado, que en lo esencial es la interrelación ética entre el creador y su producto arte, herramienta válida en el plano teórico, la ha convertido en la espada de Solimán para cortar cabezas del que esté al frente. El arte que es conocimiento, y en esta condición es el aljibe cristalino que refleja el medio donde se desenvuelve; la pluma de Alvarado es la cristalización de la exacerbación social violenta de la sociedad colombiana, puesto que sus juicios en la mayoría de los casos son diatribas de la maledicencia impotable y corrosiva, produciendo un efecto de pánico entre escritores y poetas. Sin embargo, no todos sus escritos son impotables y en algunos casos su osadía es necesaria. Colombia tiene algunos íconos literarios, entre los que se cuenta el escritor y poeta monarquista Alvarado Mutis sobre quien hasta hace algunos días, nadie hubiera osado escribir un mu; Harold le sacó los trapos al sol, como lo dice el título de una obra de Julio Olaciregui, en una descarga de antología. El patriarca, en tanto que persona, quedó hecho trizas tal como una fina porcelana cuando se cae de un estante de almacén.

La literatura colombiana es el producto de grupos, de corrientes, movimientos, donde lo contradictorio se encresta, produciendo feroces combates los cuales afortunadamente se hacen con espadas de cartón, así sean éstas como las de Harol Alvarado Tenorio. En el panorama, Puesto de Combate es representativo de lo anónimo, empezando porque le da espacio a los escritores de provincias que nadie considera en las grandes ciudades. Ella es lo marginal para el código del establecimiento. Comparte espacio con Ulrika, La Puerta y Punto Seguido. Las publicaciones oficiales las representan las revistas universitarias, muchas de las cuales son excelentes, que desafortunadamente el grueso lector desconoce, debido a que no salen jamás de los claustros.

Milcíades Arévalo ha sido un verdadero heurístico en aquello de ganarse el pan, ése de trigo, para lograr mantener la vida en pie, comenzando porque uno de sus oficios preferidos es el de acumulador y vendedor de libros viejos y nuevos. Sostiene que en su casa del barrio Egipto tiene aposentos que guardan celosos incunables, siendo una de las fuentes que le engulle la mayor parte del tiempo nocturno pasando de una página a la otra, a la luz de un candil eléctrico, en posición de lectura a la manera de Plinio El Viejo. De la cantera de lector voraz ha extraído saberes que son los que le han permitido por años, deambuleos por todos los rincones del país, dictando conferencias tal como lo hicieran los sofistas griegos, donde es abordado por la juventud indagándolo sobre variedad de interrogaciones literarias. También es asesor de talleres de literatura en el uso de estilo y otras técnicas requeridas para lograr dominar el manejo del idioma, igualmente jurado en concursos de poesía y narrativa. Periodista en el diario La Prensa; donde escribía una columna semanal. Fue director de publicidad en “Arte Sancho”. Fotógrafo de flash y de luz natural. Tramoyista de escenario, gerente de banco, corrector de pruebas, diagramador de libros, revistas, folletos y de otras necesidades de la imprenta. Editor de libros y revistas, propietario de la librería El Cid, que existió en alguna ocasión en Santa Marta. Ciudad que bordea el mar Caribe, en cuyos alrededores hay un pueblo de pescadores denominado “Taganga”, codiciado por artistas e intelectuales colombianos y latinoamericanos que viven en Francia, los que ya han empezado a emigrar hacia ese idílico paraje, entre quienes se encuentra el pintor Álvaro Valbuena, amigo de Vericuetos y del suscrito.

Como hemos anotado, Milcíades Arévalo, se lanzó a anaqueles con una obra de teatro que publicó el diario El Espectador, cuando el Suplemento lo dirigía Guillermo Cano, en la capital colombiana, en fecha y título mencionado al inicio de esta presentación. Acción, cimiento de su primer mundo; el otro, el de editor, difusor … lo pergeñamos en los párrafos anteriores. A partir de ese entonces pasarían por las páginas de dicha separata, escritos literarios de Milcíades, sobre narrativa en el género del cuento. No obstante, de haber hecho conocer del público muchos de sus cuentos, mediante lecturas y en distintas formas del impreso, me manifestó por teléfono que es un cuentista inédito en razón de que tiene arrumes en un rincón donde escribe, dejándolos reposar para que cuajen sarro y fundan el aroma agrio del tiempo. Son páginas vírgenes que ninguna otra mano distinta a la de su creador han hecho crujir la hoja en su sueño profundo. A pesar de esto han salido a refundirse en el torrente de la letra impresa algunos libros. Aquí ustedes pueden apreciar dos carátulas Manzanitas verdes al desayuno e Inventario de Invierno.



De Manzanitas verdes al desayuno encontrarán más abajo el cuento “El cachorro salvaje” en español, y también la traducción al francés.

Luz Helena Cordero Villamizar en el Preludium del libro Manzanitas verdes al desayuno, de Milcíades, analizando contenidos textuales plantea:

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes

y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna

el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde

para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al

autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad

interpretativa.

Lo que Luz Helena llama “libertad interpretativa”, es un hecho objetivo en una obra de ficción, ensayo, poética u otras; es lo que en gnoseología de la crítica literaria se analiza recurriendo a la categoría de lo polisémico. Ésta es una herramienta que mide los contenidos de calidad. A mayor polisemia, una obra tiene más opción de ascender a los significantes categoriales que desentrañan y establecen el verdadero valor de ella. Con la anterior afirmación no se expresa que la polisemia sea un valor determinante en el juicio estético, sino que es apenas uno entre muchos otros. Lo importante aquí es el hecho de que la obra de Milcíades, origina teorización sobre su creación dentro del mismo texto de ficción, y de ello se deriva una consecuencia. Va más allá de su propio producto-arte, entendido en su especificidad, en el ahí creativo. La especulación lo dispara sumergiéndolo en lo general del género, y por esta fenomenología en razón de que presenta un rasgo diferente, queda ubicado en un terreno distinto al de la pura creación. No es solamente la presentación orientadora del lector, sino el inicio de una valoración más profunda.


Al leer el conjunto de la obra de este autor, el lector descubre un contenido que puede calificarse de original. Hay una exhalación en el tratamiento temático que se mezcla con el material que construye la frase o el párrafo, donde se encuentran dos matices que forman la palabra literaria. El uno proviene de la oralidad vigente en el hablar de los colombianos, y el otro se deriva de la palabra escrita, ella cuidadosamente seleccionada busca la robustez y resistencia requeridas para ascender a lo ficcional. Para hablar de su obra se necesita de un trabajo profundo; de nuestra parte por motivos de espacio consideramos suficiente.

En conversación con el autor descubrí que es un lector voraz. Sus preferencias en lectura han pasado por todos los clásicos con cierta inclinación por Arthur Rimbaud y Simone de Beauvoir. Me llamó la atención que conociera perfectamente la obra de Henri Barbusse, empezando por Le Feu (El fuego), prix Goncourt 1916. y PleureusesPlañideras), texto poético publicado en 1895. Hablando sobre las futuras promisiones colombianas, me manifestó que presentaban cantera de talento: Juan Felipe Robledo, Felipe García Quintero, Ana Milena Puerta …

Milcíades Arévalo comenzó a ser parte de la materia animada un día 28 de julio de




Milcíades Arévalo comenzó a ser parte de la materia animada un día 28 de julio de 1943 en Zipaquirá, depart amento de Cundinamarca en Colombia. Hombre de amores extraviados en unión libre ha continuado su proyección hacia el futuro con tres vástagos; una mujer y dos varones. Su trabajo en la Marina Mercante lo convirtió en viajero por el mundo, dándole acceso a diversas culturas que fueron raíces nutricias de su bagaje intelectual. En lo que respecta a su instrucción tradicional no tiene ninguna; precisamente es uno de sus orgullos. Me comentaba que en su casa paterna nunca se conoció un libro. La razón de esta ausencia era la carencia de utilidad. Como sostienen los dialécticos, el uno está en el otro; el no tener genera el tener. En la actualidad el escritor se deleita en una exuberante biblioteca, como pueden verla más abajo en la foto de la entrevista que le hizo Libia Acero-Borbón, en Barrio de La Candelaria en Bogotá, donde tiene sus predios escriturales. Los estantes también contienen sus propios textos que han sido traducidos al inglés, portugués, italiano y francés. Olver de León me regaló una Antología en francés de cuento latinoamericano, en una noche cuando trabajábamos a Horacio Quiroga sobre su legendario cuento Anaconda. Por aquel entonces vivía en la calle cours de Vincennes muy cerca de la Place de la Nation aquí en París. Leyéndola encontré un texto de Milcíades.

París, 14 de septiembre de 2009

MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO

Preludium

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo.

Milcíades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.




Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.

Más allá del insólito Milcíades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a Manzanitas verdes al desayuno y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

Luz Helena Cordero Villamizar (poeta y narradora).

Bogotá, D. C., 20 de abril de 2009.


Un chiot sauvage

par Mílciades Arévalo

¡Qu'est-ce qui insipide aurait été d'être heureux!

Marguerite Yourcenar.

Le Centre Littéraire dont je faisais partie avec quinze garçons intraitables, qui à vrai dire n’avaient lu ni les chansons bucoliques d’Inigo López de Mendoza, ni les vers de Jorge Manrique, ni le Retable espagnol, rien que des recueils de vies des saints et des sujets en rapport avec le salut des âmes, se réunissait religieusement tous les jeudis dans l’après-midi qui s’écoulait plus lentement quand je ne pouvais apercevoir la silhouette majestueuse de Lavinia qui, adossée à la fenêtre de la bibliothèque, chantait La plus belle fille de Luis Góngora y Argote ; sa voix était comme le tranchant d’une dague resplendissante.

Après plusieurs séances où j’arrivai même à penser que nous perdions notre temps, le Père Anselmo nous demanda quels étaient nos projets après la fin des activités du Centre Littéraire. Au lieu de débiter toutes les sornettes énoncées par les autres participants (poète, président de l’académie, philologue, humaniste, chercheur et même copiste du Pape), je dis seulement que je voulais connaître la mer.

Le lendemain, Roglio, un élève du centre, me confia que son but était de connaître le ciel. Je fus sur le point de rire, il y avait de quoi : il passait sa vie à nous réciter comme une hirondelle perdue les vers de Calderón de la Barca. Je lui demandai de m’expliquer son histoire, pendant que je réfléchissais à ce que je pouvais faire pour qu’il ne sombrât pas dans l’extase mystique due aux édifiantes harangues du Père Anselmo et à son verbe missionnaire.

– En priant avec ferveur, dit-il avec une certaine mesure.

– Allons parler à Lavinia pour qu’elle t’éclaire un peu. Autrement, tu vas te perdre, l’encourageai-je.

Les résultats ne furent pas conformes à mes espérances, car lorsqu’il vit Lavinia qui rangeait les livres en haut de l’échelle, il s’évanouit, la bouche bavant d’écume comme un possédé, et nous dûmes le transporter à l’infirmerie. Lorsque le père Anselmo nous vit en train d’essayer de le réanimer à l’aide de morceaux de coton imbibés d’alcool, il nous chassa comme une bande de poules, même Lavinia exhalant son parfum enivrant, et il resta seul avec Roglio, qui me confia quelques jours après qu’il était guéri, même si je ne savais pas au juste de quoi, parce qu’il était déjà vraiment fou à lier.

Le Centre Littéraire fit une pause pendant le Championnat inter-écoles de football. Pendant que les joueurs se taclaient comme des mules sur le terrain, je rendis visite à Lavinia. Elle habitait une villa si luxueuse et confortable qu’elle avait l’air du palais diocésain. Et je dis qu’elle ressemblait à ce saint lieu, parce qu’un jour le père Anselmo nous y avait emmenés pour nous présenter à l’évêque provincial fraîchement nommé, lequel après nous avoir bénis de sa révérende main parée de bagues, nous laissa gambader dans les couloirs.

Lavinia était une tentation vêtue de deuil. Elle avait le sourire frais, l’haleine chaude, la peau douce et le corps insinuant. Les bagues de ses doigts, l’éclat reluisant de son regard, le rouge violent de ses lèvres, le talon de ses chaussures et ce parfum si captivant qui l’enveloppait… Son défunt mari avait été l’un des hommes les plus riches du village, mais je ne savais même pas ce que cela signifiait dans un village où tous les habitants, pour leur plus grand malheur, étaient analphabètes.

Adalgisa, une bonne aux cheveux lisses d’un noir d’encre, les yeux noirs, le sourire tapageur et les joues barbouillées de rouge, me conduisit au salon des baies duquel on pouvait voir un jardin fleuri, la tour de l’église et les monts lointains baignés de brume.

– Madame Lavinia va venir dans une minute, me dit-elle, et elle disparut silencieusement derrière une porte de verre.

J’en profitai pour jeter un œil à la bibliothèque, cinq fois plus grande que celle de l’école. Quelle merveille ! Je n’étais rien qu’un garçon s’éveillant à peine à la lecture ; je n’avais pas encore lu Flammarion, ni À la recherche du temps perdu, ni La comédie humaine, ni Voyage au bout de la nuit, ni L’Exil et le Royaume, ni encore moins La nausée. Les poètes, comme les nains, étaient pour moi un mystère, de même que l’ont été ensuite les voyages de Rimbaud, les proverbes de Blake, le sourire de Mona Lisa, les nuits des Walpurgis, les extraits des racines chinoises… Bien des années après, j’ai connu d’autres bibliothèques, qui pouvaient avoir beaucoup plus de livres, mais qui toujours étaient vides.

– Tu vas devenir aveugle à force de lire autant, me dit Lavinia en entrant dans la salle. Elle se carra dans le canapé et nous nous mîmes à parler du Centre Littéraire et de son défunt mari, dont les cendres reposaient dans une urne de cristal sur la cheminée…

– Qu’est-ce qui t’amène ici ? me demanda-t-elle en séchant ses larmes. Je lui tendis le poème en français que j’avais écrit pendant mes heures d’oisiveté. Elle connaissait le français et le parlait avec aisance. Elle mit ses lunettes, croisa ses jambes aussi longues que la ligne du chemin de fer, et se mit à lire comme s’il se fût agi de la liste des commissions. Tantôt le ciel et la terre, l’enfer et la mer, le vent et le feu ; quand tout était la même chose sans l’être, elle me regarda, l’air surpris.

– Je comme à peine à apprendre le français, lui dis-je.

– Baisse la nuque et ne te renie pas, dit-elle. Comme je désirais écrire comme les vrais poètes, je m’agenouillai, obéissant, à ses pieds et lui demandai qu’elle fît de moi, comme à un agneau malheureux, ce qu’elle voulait. Quoi qu’elle fît pour moi, ce n’eût rien été en comparaison de l’immense respect que j’avais pour elle. Elle me paraissait maintenant trois fois plus irréelle, majestueuse et séduisante. Lavinia était belle, mais encore plus belle sans vêtements. Au moment où j’allais lui ôter sa jupe, Adalgisa dit dans mon dos :

– Le chocolat est servi.

J’aurais voulu être invisible, ou au moins être englouti par la terre, mais je ne pus que m’essuyer la bouche avec le dos de la main et m’asseoir docilement à la table, qui était abondamment garnie de fromages, de gâteaux et de petits pains beurrés.

Les élèves du Centre Littéraire devaient obligatoirement aller à la messe tous les dimanches, avec le missel et le cœur contrit, prêts à recevoir la grâce divine ou un coup de fusil comme celui que tira « Le Sept Couleurs » au mari de Lavinia à la sortie de la messe. Nous allions vers l’église quand je remarquai que Roglio n’était pas dans le rang. J’allai le chercher aux toilettes et je le trouvai au milieu d’une horrible flaque de sang. L’âme secouée, je sortis en courant pour prévenir le Censeur :

– Roglio s’est tranché les veines !

L’enterrement fut l’un des plus pompeux que j’aie jamais vu de ma vie, comme si Roglio n’eût pas été le crétin qui se suicida par crainte de tomber dans les bras de Lavinia, mais Saint Roglio en personne.

Parmi les assistants aux funérailles, il y avait la grand-mère et les petites sœurs de Roglio, le Recteur, l’Évêque, la prof de maths, le professeur Archímedes, monsieur le Maire, le Notaire, les collèges de la commune, et fermant le cortège, le commandant de police et tout son bataillon. Le sermon du Père Anselmo dura plus que l’éternité, car, incroyable mais vrai, j’entendis le train siffler trois fois, je suivis attentivement le vol d’une hirondelle autour des cyprès, et j’avalai deux chewing-gums par pur ennui.

– On se voit jeudi prochain, me dit Lavinia en sortant du cimetière, mais j’étais un poisson d’eaux lunatiques. C’est peut-être pour cela qu’au lieu de retourner au Centre Littéraire, je me consacrai à rêver à la mer, aux ports et aux villes illuminées du monde que je connaîtrais un jour.

Français : Manuela MARIÑO BELTRÁN et Yves MOÑINO

Un cachorro salvaje

¡Qué insípido hubiera sido ser feliz!

Marguerite Yourcenar.

El Centro Literario del que formaba parte con 15 chicos ríspidos, que a decir verdad ninguno había leído las serranillas de Iñigo López de Mendoza, ni las coplas de Jorge Manrique, ni el retablo español, sólo santorales y temas relacionados con la salvación de las almas, se reunía religiosamente todos los jueves en horas de la tarde, que pasaba más lenta cuando yo no podía ver la silueta majestuosa de Lavinia recostada contra la ventana de la biblioteca cantando La más bella niña de Luis Góngora y Argote; tenía una voz como el filo de una daga refulgente.

Después de varias sesiones en las que incluso yo llegué a pensar si no estaríamos perdiendo el tiempo, el cura Anselmo nos preguntó cuáles eran nuestros propósitos una vez finalizaran las actividades del centro literario. En vez de decir toda esa clase de barrabasadas que dijeron los demás integrantes (poetas, presidentes de la academia, filólogos, humanistas, investigadores y hasta copistas del Papa), yo sólo dije que quería conocer el mar.

Al día siguiente Roglio, un alumno del centro, me dijo que su meta era conocer el cielo. Estuve a punto de reírme; no era para menos: vivía recitándonos como golondrina perdida los versos de Calderón de la Barca. Le pedí que me explicara el asunto mientras se me ocurría qué podría hacer yo para que no cayera en el arrebato místico causado por las edificantes arengas del cura Anselmo y su verbo misionero.

--Rezando fervorosamente –dijo con cierta ponderación.

--Hablemos con Lavinia para que te de unas luces; de lo contrario te vas a perder –lo animé.

Los resultados no fueron los esperados, porque cuando vio a Lavinia ordenando los libros en lo alto de la escalera se desmayó echando espumarajos por la boca como un endemoniado y tuvimos que llevarlo a la enfermería. El cura Anselmo al vernos tratando de reanimarlo con copitos de algodón impregnados en alcohol, nos espantó como a una manada de gallinas, inclusive a Lavinia que aromaba el aire con su perfume de arrebato, y se quedó a solas con Roglio, quien días después me confesó que se había curado, aunque no sé exactamente de qué, porque a decir verdad ya estaba más loco que una cabra.

El Centro Literario tuvo un receso durante el Campeonato Intercolegiado de Futbol. Mientras los competidores se daban patadas como unas mulas en la cancha, fui a visitar a Lavinia. Vivía en una quinta con tantos lujos y comodidades que parecía al palacio diocesano. Y digo que se parecía al sagrado lugar porque un día el cura Anselmo nos llevó a presentarnos ante el recién nombrado obispo provincial quien, después de echarnos la bendición con su reverenda mano enjoyada, nos dejó retozar por los pasillos.

Lavinia era una tentación vestida de luto. Tenía la sonrisa fresca, el aliento cálido, la piel suave y el cuerpo insinuante. Los anillos de sus dedos, el brillo encendido de su mirada, el rojo violento de sus labios, el tacón de sus zapatos, y ese perfume tan arrebatador que la envolvía... Su difunto marido había sido uno de los hombres más ricos del pueblo, pero ni siquiera sabía qué era eso en un pueblo donde, para colmo de males, todos los habitantes eran analfabetas.

Adalgisa, una criada de pelo lacio renegrísimo, ojos negros, sonrisa escandalosa y cachetes embadurnados de rojo, me condujo a un salón desde cuyos ventanales se podía ver un jardín florido, la torre de la iglesia y los montes lejanos bañados por la neblina.

--La señora Lavinia vendrá en un minuto --me dijo y desapareció silenciosamente detrás de una puerta de cristal.

Aproveché para echarle un vistazo a la biblioteca, cinco veces más grande que la del colegio, ¡qué maravilla! Yo no era nada más que un muchacho que apenas despertaba a la lectura; todavía no había leído a Flammarion, ni En Busca del Tiempo Perdido, La Comedia Humana, El viaje al fin de la noche, El exilio y el Reino, ni mucho menos aun La Náusea. Tanto los poetas como los enanos me eran todavía un misterio como luego lo fueron los viajes de Rimbaud, los proverbios de Blake, la sonrisa de la Mona Lisa, las noches de Walpurgis, los extractos de las raíces chinas... Muchos años después conocí otras bibliotecas que podían tener muchísimos más libros pero siempre estaban vacías.

--Te vas a quedar ciego de tanto leer –me dijo Lavinia al entrar a la sala. Se arrellanó en el sofá y nos pusimos a conversar acerca del Centro Literario y de su difunto marido cuyas cenizas reposaban en una urna de cristal encima de la chimenea...

--¿Qué te trajo por aquí? –me pregunto secándose las lágrimas. Le entregué un poema en francés que yo había escrito en mis horas de holganza. Ella sabía francés y lo hablaba fluidamente. Se puso las gafas, cruzó las piernas, que eran tan largas como la línea del ferrocarril y se puso a leerlo como si se tratara de la lista del mercado. Cuando el cielo y la tierra, el infierno y el mar, el viento y el fuego; cuando todo era la misma cosa sin ser la misma cosa, se quedó mirándome sorprendida.

--Apenas estoy aprendiendo francés... --le dije.

--Agacha la cerviz y no reniegues --dijo. Como yo quería escribir como los verdaderos poetas, me arrodillé obedientemente a sus pies, y como a un infeliz cordero le pedí que me hiciera todo cuanto quisiera. Cualquier cosa que ella hiciera por mí no era nada comparado con el inmenso respeto que le tenía. Ahora me parecía tres veces más irreal, majestuosa y seductora. Lavinia era bella, pero todavía más bella sin ropa. En el momento en que me disponía a quitarle la falda, Adalgisa dijo a mis espaldas:

--El chocolate está servido.

Yo hubiese querido ser invisible o al menos que me tragara la tierra, pero lo único que hice fue limpiarme la boca con el dorso de la mano y sentarme obedientemente a la mesa, servida en abundancia de quesos, pasteles y panecillos untados de mantequilla.

Los alumnos del centro literario teníamos que ir obligatoriamente a misa todos los domingos, con el devocionario y el corazón contrito, dispuestos a recibir la gracia divina o un tiro como el que le pegó “El Siete colores” al marido de Lavinia a la salida de misa. Íbamos para la iglesia cuando noté que Roglio no estaba en la fila. Fui al baño a buscarlo y lo encontré en medio de un horrendo charco de sangre. Esa cosa me sacudió el alma y salí corriendo a avisarle al prefecto de disciplina:

--¡Roglio se cortó las venas!

El entierro fue de lo más pomposo de todos los que yo haya visto en mi vida, como si Roglio no hubiera sido el pazguato que se suicidó por temor a caer en los brazos de Lavinia sino el mismísimo san Roglio en persona.

Entre los asistentes al funeral estaba la abuela y las hermanitas de Roglio, el Rector, el Obispo, la profesora de matemáticas, el profesor Arquímedes, el señor Alcalde, el Notario, los colegios del municipio y, cerrando el cortejo, el comandante de la policía con todo su batallón. El sermón del cura Anselmo duró más de una eternidad porque, aunque parezca mentira, oí pitar el tren tres veces, seguí con atención el revoloteo de una golondrina alrededor de los cipreses y me tragué dos chicles de puro aburrimiento.

--Nos vemos el próximo jueves –me dijo Lavinia a la salida del cementerio, pero yo era un pex de aguas alunadas. Tal vez por eso, en vez volver el Centro Literario, me dediqué a soñar con el mar, los puertos y las ciudades iluminadas del orbe que conocería algún día...

Milciades Arévalo El viajero

Milciades Arévalo El viajero

Por: Johanna Marcela Rozo Enciso


El escritor colombiano Milciades Arévalo nace en el Cruce de los vientos (Zipaquirá), en el año 1943. Su vida transcurre, en buena parte, conociendo el mundo en un barco y leyendo. Y cumpliéndole la promesa al capitán Ariel Canzani de fundar una revista donde le daría cabida a todos los escritores marginados, viejos y jóvenes, conocidos y desconocidos. Así, en 1972 ve la luz “Puesto de Combate” que, aunque con este nombre diera a entender lo contrario, no tenía que ver con ninguna tendencia ni política ni literaria.

Milciades Arévalo cree en la libertad. Sobre todo en la libertad literaria. Esta revista, uno de los grandes milagros de Colombia, sobrevive ante la fatalidad de la publicaciones fugaces y por estos días cumple con 73 números.

En esta revista dio a conocer a muchos escritores y poetas. Entre ellos, a Raúl Gómez Jattin, quien fue su amigo y a quien acompaño en la poesía y en la locura. Le debemos a la terquedad de Milciades conocer la obra de Jattin de quien el mismo diría “Raúl Gómez Jattin, una de las voces más auténticas de la poesía colombiana actual. No hay en sus versos resonancias que en otro tiempo pregonaron y magnificaron poetas como Rimbaud, los poetas del surrealismo, la generación Beat, sino la esencia misma del que ha vivido, amado y leído mucho”.

Milciades Arévalo, quien no pertenece a ninguna generación ni aparece en antologías, y que desprecia la fama y sobre todo a los escritores presumidos como lo afirma en la frase “todos los hombres son poetas alguna vez en la vida, pero los verdaderos poetas son irrepetibles. Los poetas de mi país parecían ungidos por la gracias de Dios y no por la vida…Tal vez por eso eran estridentes, vanidosos, bulliciosos, envidiosos y desleales” (del libro “Cenizas en la ducha”).

Viaja a París como un ser anónimo y la ciudad es retratada en la mayoría de sus cuentos. Sus textos están cargados de realidad y fantasía, de historias de vida mezcladas con viajes de marinero. También está presente la actualidad colombiana. El amor se manifiesta en su obra de una manera cruel, tomando la soledad de los seres humanos que nos impide acercarnos al otro. “El amor ya no tiene sentido en un país de muertos“, afirma Irlena, la protagonista de su novela “Cenizas en la ducha“.

Su obra es erótica, angustiosa y en ocasiones cruel. Sus personajes transitan por lugares buscando amor o compañía, pero son seres ermitaños incapaces de amar o incapaces de ser amados. Entre sus libros se destacan “El oficio de la adoración” (relatos-1988), “Inventario de Invierno” (cuentos juveniles-1995) y “Cenizas en la ducha” (novela-2001).

Tiene varios inéditos, entre ellos, “Manzanitas verdes” (cuentos), “El jardín subterráneo” (teatro), “Galería de la memoria” (ensayo), “La loca poesía” (antología) y “El héroe de todas las derrotas” (novela).

Participó de los siguientes encuentros: “Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda”, Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983), “Viaje por la Literatura Colombiana”, realizado por el Banco de la República (1984), “Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro” (Madrid, 1985), con presentación de su obra “El jardín subterráneo” en Madrid, Granada, Palma de Mallorca y Toledo. Y realizó los tres encuentros de Revistas y Suplementos Literarios de la Feria del Libro en Bogotá 1988-1990 y el “Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe” invitado por Casa de las Américas, en 1989. Fundó la Sociedad de la Imaginación.


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